Birras y Divagaciones

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Hispanidad

En defensa propia, bro.

De la observación de sus congéneres, este juntaletras sin apenas difusión saca una serie de ideas que se le enredan en los vericuetos de su cabeza. Son cosas naturales, absorbidas ya por el imaginario comunitario y, en cierta manera, apropiadas (de apropiación) de manera algo indebida. Pero, a la vez, son asuntos que cualquiera de esos congéneres, con un mínimo de sentido crítico, puede observar igual que quien esto escribe.

El primer detalle, el que más asalta las pupilas, es el tema de la vestimenta entre los circunstantes de cualquier ciudad de esta piel de toro (Madre Patria para los de allá). Los jóvenes, y los que aunque lo crean no lo son. visten (vestimos) de una manera estrafalaria, pero a la vez uniforme, es decir, vestimos mal, pero lo hacemos todos. Los nuevos aires de la vestimenta vienen inspirados en los bajos fondos delincuenciales de los Estados Unidos de Norteamérica (que no de América). Vestimos en España como delincuentes de poca monta de Boston, Nueva York o Baltimore. Pero no solo vestimos como estos raterillos enganchados al fentanilo, sino que (y aquí viene lo peor) hacemos de ello una seña de identidad que nos diferencie del resto de nuestros congéneres (por otro lado, vestidos igual). Nos enorgullecemos de ser igual que un drogadicto dedicado a los atracos a mano a armada, a los hurtos en licorerías y a pertenecer a bandas de gánsteres que tienen vedada la salida de su barrio (so pena de ser ajusticiado por los miembros de las bandas rivales) y nos olvidamos de la verdadera esencia de nuestra patria, de nuestro barrio y de nuestras señas de identidad. Y no niego con esto que las influencias no sean necesarias, pero hemos de ser inteligentes y en lugar de adherirnos a lo malo, cojamos lo bueno, lo que nos haga crecer. Y, por supuesto, no debemos asirnos a algo que nos perjudique y haga diluir nuestra identidad e idiosincrasia.

Como digo hemos copiado, en la mayoría de las ocasiones influidos por el cine, la música o cualquier tipo de hallazgo cultural, una serie de asuntos que no solo nos acercan a una cultura ajena del todo (enemiga en muchos casos y durante muchos años) sino que nos aleja de la nuestra, la que hemos mamado desde niños, la que han mamado nuestros ancestros. Tanto es así, que ya llevamos muchos años imitando esas interminables urbanizaciones de chalets adosados, pareados o empotrados. Todos iguales, idénticos, imposibles de diferenciar. Todos con su barbacoa para hacer las hamburguesas y el beicon los domingos. Todos alejados de cualquier núcleo poblacional donde al menos comprar el pan. Todos necesitados de uno o dos vehículos para poder llevar los niños al colegio, ir al gimnasio o poder ir a trabajar. Si a vista de dron somos capaces de verlos, podremos tener serias dudas de saber si estamos en España o en el Estado de Michigan, verbigracia. Con estas urbanizaciones no solo copiamos el american way of life sino que nos alejamos de las comunidades que se forman en los pueblos, las necesidades que se suplen con ellas y nos encamamos con el aislamiento, al soledad y el individualismo al que, al parecer, estamos avocados. Olvidamos así los beneficios de la convivencia sana, familiar, basada en lazos de irreductible amistad. Pues es bien sabido que si somos átomos dispersos incapaces de formar moléculas, somos maleables, incluso moldeables.

La música (mi amada música) es lo que durante muchos años ha sido el canal de colonización de la cultura anglosajona. Por la música se ha colado casi todo el mensaje cultural enemigo. Algunos me tildaran por estas palabras de imbécil, de inculto o de yo qué sé cuantas cosas más, pero es cierto que es el mejor canal emisor de todos. Uno puede ver una película o leer un libro una vez, o como mucho tres o cuatro veces en su vida. Una canción la puedes escuchar millones de veces. Miles de ellas en un mes. Y eso es lo que cala. Yo he escuchado mucha música anglosajona, y me ha gustado, y, de hecho, me sigue gustando, pero eso no es óbice para no saber diferenciar una cosa de la otra. La música que se nos vende nos lanza mensajes de intranscendencia, mensajes que, bajo el ritmo machacón y básico, nos hacen creer en lo que dicen, incluso cuando no lo entendemos. En la actualidad, esa música que nos viene de allende los mares y que muchos dicen que es hispana (que no latina, ¡coño!) porque se canta en español (o algo parecido), poco o nada tiene que ver con esa música que llevamos y que nos trajimos y que mezclamos allá. Esta música, como la vestimenta arriba aludida, no es más que música suburbial de Norteamérica, música que incita a la falta de decoro, a la cosificación de las personas y a la exaltación del individualismo atroz y delincuencial.

Poco tiene que ver estos tipos de música sencillos, básicos, algunas con un solo acorde de guitarra con la exuberancia de notas de cualquier canción tradicional hispana, de cualquier tipo de baile popular o de las canciones que marcan a varias generaciones de vecinos.  Poco tienen que ver con esas canciones que unían bajo la parra y sobre el poyete y narraban las historias de las que estamos hechos. Poco tienen que ver con nosotros: los de acá y los de allá. Duele mucho saber que cualquier adolescente (o padre de adolescente) ha llegado a través de la música a conocer a cualquier héroe de la cultura anglo y, sin embargo, desconocen las hazañas y amores de nuestros caballeros y damas medievales, barrocos o del siglo XIX e incluso actuales. Por poner un ejemplo. Las mutuas influencias, tan necesarias, no se pasan por la batidora (la túrmix para los anglófilos) o el tamiz nacional, cultural, comunitario propio, sino que emulamos o, mejor dicho, copiamos sin espíritu crítico y lo difundimos como si fuera propio, siendo, como es, ajeno del todo.

Otro detalle que no puede dejar pasar por alto este juntaletras sin prestigio es el del lenguaje, bro. Siempre, y necesario es, ha existido un intercambio de vocablos entre diferentes idiomas. Muchos de ellos se han españolizado, de la misma manera que ha españolizado su nombre el chino que te vende el pan, las tuercas y los cargadores de móvil en tu barrio, generando de esta manera una asunción de términos que enriquecen nuestro lenguaje. Pero de ahí, una sana y natural manera de culturización, a las expresiones que a día de hoy colman el vocabulario de los jóvenes hay más de un trecho. Mucho más. La utilización de cientos de palabras de origen extranjero (anglosajón) por los chavales no solo hace ininteligible la manera de comunicarse (cuando no lo hacen a través de pantallas y otros cachivaches electrónicos), sino que les uniforma y unifica creando clones en el vestir, en el vivir y en el hablar. Entretanto, se olvidan de su propio idioma del que sólo usa unos pocos términos y, como los niños que empiezan a hablar, muchos de ellos genéricos y muy alejados del sentido real de la palabra. El idioma tiene una importancia vital en el desarrollo de nuestra inteligencia, de nuestra personalidad y de nuestra cultura y con tanto random, lol y bro nos estamos quedando sin los pilares que nos sostienen.  Tal y como hablas piensas. Si hablas mal, con poco vocabulario y con el mismo manipulado, piensas mal, poco y, como no puede ser de otra manera, manipulado.

Todos estos detalles de descaste de nuestra identidad se han extendido de tal manera entre nosotros que nos los hemos tragado. Hasta el fondo. Nos hemos acostumbrado tanto a ellos que los hemos asumido como propios, sin percatarnos que están cercenando nuestra manera tan particular de ver la vida, de entender el mundo, de ser como somos. De este modo ha cambiado tanto nuestra vida que ya no sabemos si es nuestra, si es como la queremos vivir y si realmente somos los que creemos que somos. Así, despojados de lo que nos hace ser nos convertimos en esos guiñoles que quieren que seamos: seres uniformes en el vestir, en el vivir y, lo que más les interesa, en el pensar. Y no queda otra sino batirse. Revelarse contra todo esto que nos desdibuja como personas, como comunidad y como patria. Y no queda otra, como digo, sino batirse en defensa propia, bro.

La necesaria épica hispana

Somos los españoles de un país donde las novelas de caballerías han sido el motor de más cosas de las que hoy, habitantes del siglo XXI, creéis. Gracias a las novelas de caballerías se fraguó en la Mancha la novela de las novelas. Pero con ellas no solo se fraguó la novela de las novelas (Don Quijote de la Mancha para los despistados), como digo, sino que se reflejó la verdadera y peculiar forma de ser y de estar en el mundo del ser hispano. No contentos con eso, y a pesar de que el Manco de Lepanto hizo lo posible por ridiculizarlas, sirvieron de acicate para esos locos exploradores, descubridores y conquistadores que se embarcaron rumbo a lo desconocido. Pues se ha de saber que estos valientes, hoy defenestrados, barbudos se guiaron por los valores que las novelas de caballerías destilaban entre sus páginas.

          Valor. Honor. Amor. Fe. Y, sobre todo y ante todo, sentido de transcendencia. Todo eso formaba un corpus impoluto y necesario para acometer aventuras en las cuales no se tenía claro si el retorno iba a ser posible. Se buscaba la gloria (Don Quijote) y tener la andorga llena (Sancho Panza) para disfrutar del honor conseguido. La honra, el no defraudar tu linaje, una estirpe que aunque pobre, honrada, se constituían en guía para no sucumbir ante el desánimo, ante la adversidad y el descrédito. Una guía que muchas veces se publicaba entre las líneas de esas novelas de caballerías que se leían con tesón, y muchas veces en alto para todo aquel que no tuvo la suerte de saber leer. Así se difundían y así se extendía el sentido de la vida merecida de ser vivida.

          De esto tan pequeño como las palabras de un libro surgió algo tan fuerte y tan enorme como esa Hispanidad de la que no podemos, ni debemos, escabullirnos. La gesta más grande del mundo se basó, entre otras muchas cosas, en el maravilloso engranaje de la literatura y la virtud. Pues tan necesarias se hacen en la vida del ser humano como el agua para calmar la sed y el aire para llenar nuestros pulmones ávidos de la aventura de vivir. Una literatura que doblaba la apuesta: uno, para salir en busca de la gloria a lugares desconocidos y por descubrir; dos, la manera de narrar al fuego del hogar tales aventuras ante la admiración de propios y extraños.

          El carácter hispano siempre se ha forjado desde lo pequeño a lo más grande. Desde la escaramuza de Covadonga hasta el descubrimiento del Nuevo Mundo, pasando por los setecientos años de cruzada y reconquista del reino perdido, (como diría y de hecho dice Gonzalo Rodríguez). Eso minúsculo en muchos casos fue ese sueño surgido de entre las páginas de un libro de caballerías, que hizo al aventurero lanzarse a los caminos y descubrir, qué sé yo, el Amazonas, el Océano Pacífico o las Filipinas.

      En estos tiempos tambaleantes como un albañil beodo, se hace más necesaria que nunca esa literatura, ese cine, esa serie, ficciones todas al fin y al cabo, que nos hagan volver a empezar esa gesta común que va de lo pequeño a lo grande. Una ficción capaz de devolvernos esa esencia infinita del ser español, del ser hispano. Porque la ficción cala, humedece los tuétanos.

           Somos deudores de esos hidalgos que se jugaban su ser o no ser, su estar en el mundo por la honorabilidad que se desprendía de las líneas con las que se constituían las novelas caballerescas, las comedias humanas, los romances y cantares de gesta y los autos sacramentales. Literatura que enseñaba, que mostraban que el valor, el amor por su dama y por el prójimo y el cumplir con lo que se ha venido a ser a este mundo es la esencia que nos hace ser hombres (y mujeres) de verdad. Completos. Y esa deuda que se nos ha olvidado abonar en sus correspondientes letras mensuales debemos cancelarla con más ficción que nos indique que la vida sirve para algo, que no debemos doblegarnos ante el individualismo y el resto de aberraciones posmodernas que nos ponen contra las cuerdas de nuestro futuro. Nos vemos en la obligación de lanzar un contraataque literario, artístico, cinematográfico y existencial que nos ubique de nuevo donde tenemos que estar y que volvamos a recuperar ese reino que, una vez más, hemos perdido por nuestra pereza, dejación de funciones y por permitir que la ficción y, por ende, la visión del mundo, se haya quedado en la manos de los que antaño, y aún hoy, eran y son nuestros enemigos. Los poseedores de una visión del mundo del todo contraria a nuestra esencia humana, a nuestra visión transcendental de la vida. Tenemos la obligación de salir al mundo de nuevo con el arrojo clavado en las arrugas de expresión de nuestra cara y lanzarnos a ser lo que como españoles, como hispanos, estamos llamados a ser y derrocar de la preeminencia cultural a quien nos está emasculando para un futuro baldío, incapaz de generar el fruto de la vida plena; de la vida que merece la pena ser vivida, la vida del héroe, la vida del santo, la vida del español orgulloso de serlo y que ejerce sin complejos de ello. La vida esplendorosa repleta de épica donde hasta el sol es incapaz de ponerse.

iV capea popular terra ignota

¿Tienes la agenda a mano? Pues ve apuntando, porque el sábado 12 de septiembre tendrá lugar la IV Capea Popular Ignota.

Repetimos sitio y el programa se mantiene en gran medida, pero con un añadido que nos parecía imprescindible: ¡campeonato de paellas! Para ello elegiremos a 15 personas entre los que se apunten al campeonato, con un premio muy especial para el mejor arroz.

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