Birras y Divagaciones

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Ética

Actos de valor

 

De un tiempo a esta parte, en mis paseos de caminante (lo que los cursis adoradores de idiomas extranjeros han dado en llamar flaneur), vengo observando que el prójimo anda falto de una serie de principios básicos. Como vengo diciendo en este sitio que nadie lee, la falta de estética es un hecho demostrable. Hoy la corbata ha quedado relegada a bodas, bautizos y asuntos de oficina o, en el peor de los casos, como enseña o marca diferenciadora y distinguible de una empresa o comercio. Ni que decir tiene que la mujer, siempre más coqueta que su vecino de enfrente, se deja arrastrar por imágenes no del todo favorecedoras. Pero estas observaciones de la falta o carencia de estética ya han quedado reflejadas de más en otros escritos que mi único y, como no puede ser de otra manera, querido lector habrá leído con anterioridad y habrá llegado a la conclusión que llega quien esto escribe. Imagino.

            Por otro lado, me gusta observar las tendencias juveniles, pues no son otra cosa que el punto de mira donde se ha de asentar el futuro. De tanto fijarme, como digo, en mis paseos por la ciudad, cuando llego a casa me cubre el cobertor del espanto, por no decir del temor a un futuro que se advierte cuanto menos complejo. Las normas de urbanidad, antaño con rango de ley, han sido sustituidas por una suerte de argamasa de desconsideración. Ceder el paso en una acera estrecha se ha convertido en un acto heroico que sólo los héroes con capa son capaces de acometer. Ni que decir tiene lo de ceder asientos en el autobús a las personas ancianas, a las mujeres embarazadas o a quien sea necesitado de sentarse en ese momento, no es ya un acto heroico, es un acto merecedor de una medalla al valor comunitario, que no social. Lo de salir antes de entrar, ya si eso lo dejamos para otro artículo…porque, ¡madre mía! El ciudadano de este siglo si tiene que entrar, entra. Y no hay más. Se la trae al pairo que el que esté dentro tenga que salir para dejarle el hueco necesario, verbigracia en los ascensores.

            La urbanidad ya no se enseña en los hogares (¿qué se enseña en los hogares?). La educación se ha relegado a los colegios. El ejemplo, maestro de vida, ya no se practica. Los niños y los jóvenes, en su mayoría, no tienen conciencia de estas materias que antes se estudiaban al calor del hogar sin percatarse de ello. Uno veía a su padre o a su madre ceder el paso, sostener una puerta para que la franqueara un vecino o levantarse en el cercanías para que la joven embarazada de turno hiciera el trayecto de una manera más cómoda. Y, curiosidades de la vida, ese que veía a sus progenitores hacer estos actos, hoy catalogados de valor, en su vida los reproducía sin coste alguno. Pero ha existido un punto de inflexión que ha hecho saltar por los aires estas, antaño, normalidades que facilitaban la vida al prójimo. No sé muy bien a qué puede tratarse, pero intuyo que mucho de todo esto viene dado por ese concepto de individualidad que hace que nos creamos pequeños diosecillos con la obligación de tener el mejor asiento, de no apartarnos en la acera cuando viene una pareja de ancianos de frente y de obtener todo beneficios y nada perjuicios.

            Los diosecillos modernos aupados en el altar de la posmodernidad carecen del concepto de prójimo. Prójimo proviene de próximo, de cercano, del que va a tu lado en el endeudado tranvía. Y con el prójimo convivimos y formamos comunidad, pues el ser humano (y esto les encanta a los modernos cientifistas) somos una especie animal claramente social. Es decir, necesitamos de los otros, del prójimo, para poder desarrollarnos como especie y, ¡sorpresa!, como individuo. Por tales motivos nos agrupamos en familias, pueblos y estados, porque un tío solo en el bosque, en la selva o en la tundra tiene muy pocas posibilidades de sobrevivir. Y si sobrevive, con graves carencias afectivas que le complican el resto de su existencia.

            Nos hace falta una buena sesión de ética, de urbanidad y de educación que nos encumbre como los seres comunitarios que somos. Una ética capaz de hacer mucho más sencilla y llevadera el paso de nuestra especie por esta vida. Pero sin una educación enseñada con el ejemplo en las cocinas de nuestros pisitos, al fuego del hogar familiar, la ética no sirve de nada, la urbanidad es agua de borrajas y la estética en un anhelo desconsolado.

            Este humilde juntaletras en paro ha llegado a la determinación que para que todo lo anterior fragüe en una suerte de armazón que nos transforme la vida es necesario un tanto de épica. Sí, has leído bien, querido lector. La épica se tiene que convertir en el hormigón armado que aúne a la ética y a la estética, tan devaluadas a día de hoy. Esa épica no sólo ha de ser esa que canta las hazañas de los héroes de antaño, que también, pues de ellos se ha de aprender mucho, sino en vivir de manera épica. Hacer de pequeños gestos grandes gestas. Vivir de manera épica se me antoja esa vida que lleva por escudo los valores basados en el bien, la belleza y la verdad. Con esas tres armas pintadas en la adarga se construye una vida épica, una vida que merezca la pena ser vivida. Pues estos tres principios fundamentales de la vida se erigen en la guía de viajes de las personas que, con un sentido supremo y transcendente de su existencia, serán capaces de conseguir ser referentes de quien les siga los pasos o les vea y se encandile con su forma de mantenerse en el mundo. Y con esos referentes en nuestras vidas doy por seguro que, por imitación, lograremos vivir nosotros también con esa épica, con esa ética y con esa estética que hará de nosotros, de nuestro prójimo y, lo más importante, de nuestros herederos unas personas completas, con vidas ricas y con sentido y con la convicción de lograr ser lo que han sido llamados a ser, capaces de hacer los necesarios actos de valor de la urbanidad, el decoro y la mundología que facilitan la vida al otro. Que facilitan nuestra propia vida.

iV capea popular terra ignota

¿Tienes la agenda a mano? Pues ve apuntando, porque el sábado 12 de septiembre tendrá lugar la IV Capea Popular Ignota.

Repetimos sitio y el programa se mantiene en gran medida, pero con un añadido que nos parecía imprescindible: ¡campeonato de paellas! Para ello elegiremos a 15 personas entre los que se apunten al campeonato, con un premio muy especial para el mejor arroz.

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