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educación

Instrucciones para padres que quieran tener niños bobos y adultos manipulables

Lo primero y  más difícil para un padre/madre que quiera tener un niño bobo y, al final y a la postre, un adulto manipulable es encontrar a una pareja que se encuentre en la misma situación de deseo. Se puede dar el caso, de hecho es el caso que más se da, que se encuentre a otra persona que quiera tener un niño, pero por supuesto que no sea bobo; en este caso, no se preocupe, todo se andará  y, por presión social, cambiará de opinión.

            Una vez conseguida la persona, apropiada o no, eso es casi lo de menos, habrá que proceder a engendrar a la criatura. En estas instrucciones no nos vamos a explayar en asuntos de coyundas, para tales efectos hay miles de páginas web, cursos de horrísonos nombres impartidos por enchufados de todo pelaje y piojo y la propia experiencia. Lo que sí se ruega es que sea preferiblemente amistosa.

            Una vez culminada la acción coital y engendrado el vástago que ha de nacer (verbo necesario para poder dar cumplimiento a estas instrucciones), los futuros padres han de esperar la friolera de cuarenta semanas, antes nueve meses, para que la mujer (elemento insustituible para este menester) dé a luz. Ese, y no otro, es el momento esperado para iniciar los trámites y acciones necesarios para tener un niño bobo. Da igual el sexo, que no género, del recién nacido, eso a día de hoy carece de importancia. Lo importante es ir cumpliendo con todas las máximas que se irán revelando en estas instrucciones.

            Una vez en casa tras el paso por la planta de maternidad de la clínica de  referencia, el padre, la madre y el retoño regresarán a un hogar donde habrán preparado una habitación decorada con ositos de peluche, personajes de dibujos animados de moda en la decoración de las paredes y miles, millones, de juguetes con la capacidad extraordinaria de producir ruido. No se preocupe si le gusta a usted o no la ornamentación del cuarto, tiene fecha de caducidad próxima.

            Es importante, por no decir necesario del todo, que en el hogar del recién nacido exista un trono. Y no nos referimos a ese lugar donde el nuevo habitante tiene reservado para hacer sus deposiciones más sólidas, o no tanto, sino a ese lugar donde el rey o emperador toma asiento y dirige los designios de su reino o imperio. Este trono puede ser real o figurado, aunque este último es el más común y el que mejor efecto tendrá para nuestros fines. También puede hacerse con un cetro, pero con funciones meramente decorativas.

            Una vez que el retoño comience a crecer, apórtele usted (y su pareja, si todavía la tiene) todo lo que le pida. Prívese de sus cosas, no coma si es necesario, pero nunca, y digo NUNCA, deje de cumplir los deseos de su hijo/a. Esta instrucción es la más importante para conseguir su objetivo. Dele todo: lo necesario, lo no tanto y lo que no es necesario para nada en absoluto. No permita que su criatura coja una rabieta porque su madre o padre no le dan lo que se le antoja. Y mucho menos permita que esa rabieta suceda en la calle, en una tienda o en cualquier lugar donde haya alguien que pueda tildarle de mala madre, mal padre y le dé por llamar a los servicios sociales.

Una vez comience el niño en el colegio déjese arrastrar por los comentarios de los grupos de whatsapp de las madres/padres de los compañeros (amigos en la etapa denominada infantil) y comparta con esos integrantes las desventuras de unos padres hipermegaocupados y estresados a más no poder, cumpleaños de mil niños y el inevitable regalito hortera al profesor del curso. Esta instrucción, antaño inexistente, hoy se ha vuelto esencial para nuestros propósitos de vida.

            Si en el colegio su retoño suspende, culpe al profesor. Si se comporta mal, agrede a los compañeros y muestra una pésima educación con todos los circunstantes, insista en culpar a la sociedad de consumo, al capitalismo y a dirigentes de épocas pasadas de todos esos males que sufre el bueno de su heredero. Nunca piense que el niño es un maleducado. Y mucho menos piense que es por responsabilidad de usted.

            No le exija. Es muy pequeño todavía para asumir responsabilidades (esta máxima da igual que la lea ahora mismo o dentro de cuarenta años). Organice la vida familiar, en todas sus nuevas formas y contextos, siempre en torno a las apetencias de su descendiente. Suspenda ese viaje romántico a París y cámbielo por un carísimo fin de semana en Euro Disney. Deje de hacer pilates o jugar al pádel para llevar a su hijo hoy a fútbol, mañana a robótica y pasado mañana a clases de chino, que al parecer es el idioma de los triunfadores del futuro. No se frustre si abandona todas estas actividades de la misma manera que usted abandona el yoga o el crosfit.

No le obligue, y mucho menos le aliente, a leer. Los libros son un invento del diablo para que nos coman el tarro y pensemos. No nos podemos permitir el lujo de comprarlos. ¿Sabe usted el precio que tienen? Y una vez leídos ¿sabe usted el espacio que ocupan? Déjese de cuentos y cómprele todo tipo de tecnologías, cuanto más novedosas, mejor. Lo nuevo siempre será mejor. No sea carca.

            Nunca le prohíba nada. Si quiere saltar sobre la cama, que salte. Si quiere andar desnudo por la casa cuando hay visita, permítaselo. Si quiere jugar a la consola, al teléfono móvil o a cualquier dispositivo novedoso, déjele. Tampoco le lleve la contraria, recuerde que el que le puso el trono nada más nacer fue usted.

            Una vez terminada la etapa escolar, no le inste a buscar un trabajo; no sabe usted lo difícil que se ha puesto el mercado laboral. Páguele todos los caprichos juveniles. Esto no le costará, pues lo lleva usted haciendo desde el minuto en el que abandonó con él en brazos la maternidad.

            Permítale que consuma drogas, tabaco y alcohol en su casa. Mucho mejor que lo haga en casa que no por ahí, a escondidas. Si no tiene dinero para sus vicios, sufráguelos usted mismo, usted misma. El muchacho o la muchacha tienen que evadirse de algún modo de lo difícil que se le ha puesto la vida. Nada mejor que las drogas para no enterarse de nada y para tener una salud mental a prueba de terremotos.

            Si después de esto último, su hijo/a se convierte en delincuente, no se preocupe, ustedes no han hecho nada malo, es esta sociedad tan injusta que los arrastra hacia el hampa. Si roba para consumir droga, viola porque no tiene límites ni tolerancia a la frustración o llega a matar porque alguien le ha mirado mal en la discoteca, su hijo nunca será culpable. Téngalo claro.

            Si después de todas estas instrucciones, tiene usted la suerte que no se convierte en un delincuente, puede solicitar una ayuda o paga para que no madrugue ni se esfuerce ningún día de su vida. Es tan pequeño. Hágale la comida, recójale la habitación, plánchele la ropa (esto da igual leerlo ahora o dentro de cuarenta años).

            Es importante que no le haga pensar. Es cansado y aburrido. Tiene que esforzarse porque la vida le sea favorable y cómoda. Pensar o al menos intentarlo es una tarea que necesita un esfuerzo y provoca jaquecas (eso dicen), y eso no debe ser bueno para su heredero (si a estas alturas le queda algo que heredar). Además tendría que leer libros; con lo fácil que es ver la tele, informarse (¡para qué!) por las redes sociales y no llevar la contraria a quien le da una paga para no tener que pensar, trabajar o esforzarse.

            Si sigue al pie de la letra todas estas instrucciones, usted conseguirá el objetivo primigenio: tener un hijo bobo y un adulto irresponsable, caprichoso, poco útil y manipulable.

Objetivo cumplido. ¡Enhorabuena!

Hijos y fútbol

No he sido muy aficionado al fútbol. Apegado a la Verdad, ni mucho ni poco, simplemente no he sido aficionado. Ni siquiera vi la final de la Copa del Mundo de Sudáfrica. No me interesaba.

Desde la primera vez que respiró oxígeno de modo directo mi heredero, caminó por las mismas trochas no futbolísticas por las que yo transitaba. No fue nada influenciado. No le gustaban los juegos de balón y se dedicaba a otros juegos más creativos. Si bien es cierto que al poco de empezar a mascullar palabras eligió ser del Atlético de Madrid, a pesar de que el deporte rey en esos momentos no le atraía nada de nada.

          Corrió su infancia entre disfraces, música (fanático de Queen) y la compañía de teatro «Siempre Alegres» del colegio. Una mañana (¿o fue una tarde?) decidió que quería ser actor de doblaje. Se tragaba videos de cómo se doblaban al español las películas, entrevistas a los actores más relevantes del panorama hispano e incluso se lanzaba sin red a practicar escenas de series, previamente eliminado el sonido, y con diferentes imitaciones de voz según el personaje a interpretar. Por aquella época me lo imaginaba explicando a los amigos y compañeros del colegio lo que era eso de ser actor de doblaje. También me lo imaginaba jugando en el patio del colegio, durante los recreos, a crear héroes de ficción, entretanto, el resto de compañeros pateaban el cuero de un balón de fútbol.

          Poco después de la desdichada pandemia, comenzó a jugar a videojuegos de fútbol, le empezó a llamar ese deporte y su vida dio un giro absoluto: trocó a los actores de doblaje por jugadores de élite. Ya en su adolescencia no se disfrazaba de Freddy Mercury, de Jedi o de Harry Potter. No. Ahora hablaba de fútbol, de futbolistas de la segunda división holandesa o de la cuantía de la ficha de la última adquisición de un equipo de Varsovia. Sus intereses relacionados con la actuación, el arte dramático y el doblaje se escapaban por el sumidero del lavabo de los sueños bonitos, de los sueños infantiles, de los sueños que quedan pendientes en la columna del debe. Su vida giraba en torno al fútbol. Pero no jugaba, nunca se le dio bien, sino que era como ese Héctor del Mar de los datos, de las asistencias, de los goles marcados por el equipo rival. Me recordaba en esos momentos a su abuelo, a la sazón, mi padre, cuando desde el borde de la piscina nos indicaba a mi hermano y a mí los gestos que teníamos que hacer para nadar correctamente, cuando él nunca había lo había hecho.

          Bueno, pensé, algo de linaje le queda.

          Desde entonces, digo desde esa afición desmedida por el fútbol de mi heredero, he visto más partidos de fútbol televisado que en todos los años vividos por este humilde servidor: partidos de la Copa de Europa (me niego a decir el vocablo inglés, digo, pirata), de primera división e incluso de de categorías juveniles. Hasta obró el milagro de que fuera a ver un partido de primera, en concreto al Atleti en el Metropolitano (aunque me hubiera gustado más en el Vicente Calderón). Nunca había estado en un encuentro de primera división y, por mi hijo, conseguí que me prestaran unos abonos y un buen sitio desde donde no dejar escapar detalle alguno. Mi heredero me dejó una camiseta oficial, él se atavió con la propia y como dos hinchas más animamos a nuestro equipo, el Atlético de Madrid.

          Mi interés por el fútbol, como hasta aquí se ha podido deducir, ha sido siempre cero; pero por un hijo uno es capaz de cambiar hasta de marca de tabaco. Me siento en el sofá para ver partidos y así poder estar un rato a su lado. Si mete gol el Atleti, lo coreamos y nos abrazamos como si mi hijo hubiera rematado una asistencia mía a puerta vacía. O por la escuadra. La adolescencia es una etapa muy dura, muy autoaislada y hay que aprovechar cualquier instante, aunque sea un encuentro deportivo, para disfrutar de su compañía. No son los momentos más apropiados para las confidencias, las conversaciones trascendentales o los momentos grabados a fuego en el corazón, pero es lo que toca en ese momento y no seríamos muy listos si  no los aprovecháramos.

Porque como bien saben los padres, por ellos, por los hijos, se hace lo que sea. Desde la primera ecografía del vientre gestante, desde el sonido acelerado del corazón del feto (que te lo acelera a ti también) o desde que se intuyen formas humanas, se inicia un vínculo indestructible entre los padres y ese hijo por nacer. Ilusión. Esperanza. Amor incondicional. Son términos que en ese momento adquieren una dimensión de continuidad. Una dimensión de legado inmaterial. Una dimensión de trascendencia. La vida de uno mismo pasa a un sensato segundo plano para, a partir de ese momento, centrarse en los cuidados, la educación y el amor a ese niño que, aún sin saber cómo va a ser, ya lo queremos más que a nuestra persona. Todavía no anda, no habla, ni siquiera se ha desprendido del seno materno y ya ha tenido la capacidad de modificar el genoma de la familia. Ya nada gira en torno del ego, ahora todo gira en torno a ese ser que está por venir, que tiene su camita preparada, sus juegos de sábanas limpias. Y el mundo, todo nuestro mundo, cambia para siempre.

          Tienen razón aquellos que no tienen hijos porque, según ellos, les resta libertad, les impiden tener la experiencia de los largos viajes por los confines del mundo con el único objetivo de marcarlos con una chincheta de colores en el mapamundi que decora la pared de la habitación de su piso compartido y, por supuesto, su vida social (nocturna) se resiente.  Tienen razón. Pero yo soy capaz de ir más allá y ver la trascendencia en el iris de los ojos de mis descendientes, la libertad de luchar porque nuestros hijos lleguen a tener, a pesar del fútbol o por ello mismo, una vida plena y mi vida se transforme en vida en común. En vida comunitaria. En no pensar sólo en uno mismo.

Hemos traicionado a nuestros hijos

Cuando el otro día me paré a escuchar una conversación entre los muchachos de clase de mi hija, la mayor, encajé la última pieza de un rompecabezas que llevaba una buena temporada estancado en un rincón de mi mente. Me di cuenta de repente:

Le hemos jodido la vida a los críos.

Les hemos jodido la vida con los puñeteros teléfonos móviles, alimentándolos con un catálogo cultural corrompido por la ideología progresista, arrojándolos a un sistema educativo que es pura ponzoña.

Les hemos jodido la vida siendo unos irresponsables, unos vagos y unos malos padres.

Las primeras piezas me las encontré hace casi una década, cuando la mayor me cabía en una mano. Nació tan pequeña y frágil que la tuvimos quince días en una incubadora y sólo podíamos verla unas pocas horas por jornada. Ya en aquel entonces me llamó la atención ver a madres dando pecho a sus bebés con un ojo puesto en las redes sociales. Haciéndose fotografías junto al aparato que mantenía con vida a su hijo.

Pasó el tiempo. Fieles a un pacto tácito, mi mujer y yo no pisamos un restaurante con nuestra hija hasta que no fue capaz de sostenerse en una trona por si misma. Y, si la aún bebé arrancaba a llorar, uno de los dos se levantaba, salía y la calmaba antes de volver a la mesa. Nadie merece amargarse una comida por unos padres irresponsables. Pero entonces observé estupefacto como muchos padres simplemente sacaban una tableta, ponían a Pocoyó en los morros de la criatura (amenizando con sus andanzas de paso la velada de todos los demás) y a su vez enterraban la cara en sendos teléfonos. O comían en silencio, ignorándose los unos a los otros salvo por la casual cucharada a la boca del absorto infante.

Esa tendencia sólo vi volverse más y más común con el paso del tiempo. Niños comiendo con la tableta delante, jugando a videojuegos diseñados para enganchar a adultos mientras recibían con expresión vacía el alimento. Críos bajando por un tobogán con el teléfono en la mano y los ojos fijos a cuanto en él sucedía. Adolescentes sentados en un corrillo silencioso, deslizando el pulgar hacia arriba en un descenso infinito hacia el abismo del contenido insustancial.

Tiktok, bailecitos, desafíos y cáncer intelectual inyectado directamente en el cerebro de tus hijos vía chute de dopamina barata, ¿no es maravilloso?

Pues el camello de tu hijo eres tú.

En aquel entonces, yo era el raro. Mis hijas ni se acercaban al teléfono móvil, tenían muy limitado el acceso a la televisión y veían los dibujos conmigo. ¡La cantidad de ponzoña que intercepté antes de que pudiese sembrar su venenoso mensaje en sus tiernas mentes! Volveré a esto más adelante. Decía, era el raro. Éramos, me corrijo, porque mi mujer siempre estuvo en mi equipo.

Los demás padres solían criticar nuestro exceso de celo. A veces con sorna, otras con acusaciones poco veladas de elitismo. Pero siempre considerándonos poco ortodoxos en nuestro proceder. Madres susurrando escandalizadas sobre el inhumano trato brindado a mis hijas. Lo que yo llamaba disciplina era, para el mundo, prácticamente un maltrato. Familiares burlándose por la insistencia con que recalcábamos el “por favor” y “gracias” en las interacciones de las niñas. Profesoras de guardería sugiriendo que un rato de tableta era positivo para nuestras hijas, potenciaba… Algo. No sé qué. Nunca les hice caso.

Esas madres susurrantes, años después, bromeaban (entre broma y broma, la verdad asoma) con mi esposa si podían dejar a sus hijos en nuestra casa para que los educásemos.

Los padres hemos traicionado a nuestros hijos friéndoles el cerebro con tecnología diseñada para engancharnos a los adultos. Los hemos vuelto yonkis de la dopamina barata, de la satisfacción inmediata, del estímulo constante. Les hemos privado de la disciplina, el esfuerzo y la educación a cambios de una hora de silencio para dormir la siesta.

Les hemos jodido la vida con el puñetero teléfono móvil.

No es menos pernicioso el tipo de contenido cultural con el que los hemos adormilado. Recuerdo a mi hija, en este caso la pequeña, llorando desconsolada la muerte del rey Príamo cuando les leía la Eneida antes de irse a dormir. El anciano, sólo, espada en mano ante los troyanos invasores, honorable en ese combate perdido de antemano, le recordaba a su abuelo.

¿Cuántos niños de su generación recordarán los cuentos de sus padres en lugar de la ubicua pantalla del teléfono móvil?

Desde que eran pequeñas me sentaba con ellas cuando veían los dibujos. Les recomendaba series de mi infancia, buscaba incansable alejarme de las modas o de la parrilla de las televisiones abiertas. Con el tiempo, las dejaba elegir por su cuenta, pero siempre conmigo cerca.

¡Qué bien hice!

Me faltan dedos en las manos para enumerar la cantidad de veces que una serie fue prohibida en casa. Dibujos animados cuyo simpático aspecto exterior esconde pura propaganda bajo la superficie. No recuerdo que las Tortugas Ninja necesitasen explicarme qué demonios es un pansexual, pero por lo visto hoy en día es imprescindible para la educación de los niños. O utilizar el contenido infantil para promocionar la homosexualidad.

Y es que hay una diferencia enorme entre normalizar y promocionar. Y, en cualquier caso, el ocio de los niños no es el lugar adecuado para ninguna de las dos.

Pero si no estás encima, se lo cuelan. En un momento de la vida de los críos en que su cerebro es una esponja, cuando son incapaces de discernir normal de anormal, bien de mal, correcto de incorrecto, llega un contenido creado y diseñado por individuos que consideran necesario machacarlos con sexualidad. ¡A los críos! ¡A los puñeteros críos!

Les hemos jodido la vida alimentándolos con un catálogo cultural corrompido por la ideología progresista.

Y eso es lo que ves. Lo que puedes controlar. Porque luego tus críos pasan ocho horas al día en una fábrica de mediocres cuyo único cometido es producir engranajes para un sistema decadente y corrupto: el colegio.

Puedes llevarlos a un colegio público para que los funcionarios a sueldo de los enemigos de todo lo que es bueno y bello envenenen sus cerebros en desarrollo con ponzoña ideológica de la peor calaña. O puedes dejarte la mitad de tu sueldo para que profesores se vean obligados a seguir planes de estudio creados y diseñados por la misma gente que paga a los funcionarios.

El resultado siempre es el mismo: mesas de cinco críos para que trabajen en grupo, incapaces de desarrollar cualquier tipo de individualidad y a merced de los que escurran el bulto para vaguear al límite de sus capacidades, siempre con una tableta a mano y libros de texto creados por quienes quieren quemarlo todo para reinar sobre las cenizas. En el mejor de los casos, tu crío llevará un retraso educativo de dos años respecto a la generación anterior y nunca alcanzará el nivel de nuestros padres.

En el peor, será incapaz de entender el contenido de lo que lea. ¡Si lee!

Les hemos jodido la vida arrojándolos a un sistema educativo que es pura ponzoña.

Siempre me sorprendió el entusiasmo con el que los profesores hablaban de mis hijas en el colegio. Destacándolas como las mejores alumnas de clase, esforzadas, inteligentes, trabajadoras, siempre las primeras en todo. Me sorprendió y generó cierto recelo a partes iguales: Dios sabe que la herencia genética que han recibido no da para tanto.

Pero con el tiempo, viendo el rompecabezas ensamblarse, voy entendiendo todo.

Mis hijas no destacan porque sean especiales, no. Lo hacen porque hemos convertido a los críos de su edad en yonkis de la dopamina con los ojos fijos en una pantalla, adoctrinados por los medios de entretenimiento y educados para que sean analfabetos semifuncionales cuyo único cometido sea echar una papeleta en la urna cada cuatro años movidos por los más básicos instintos.

Mis hijas destacan porque sus amigos sin incapaces de expresarse en un tiempo que no sea el presente. No pueden conjugar, a duras penas utilizan alguna conjunción.

Destacan porque su generación responde a preguntas haciendo emoticonos con la cara porque no han desarrollado la capacidad de expresarse con palabras. Hacen onomatopeyas en lugar de describir algo. Gesticulan en lugar de explicar qué sucede.

Si el habla es lo que separa al hombre del animal, cada vez somos menos hombres. Cada vez más animales.

Son la generación TikTok, joder. Son incapaces de describir porque todo es audiovisual, incluso el aprendizaje en el colegio. No pueden expresarse con palabras porque todo lo que ven son gente poniendo caras raras en la puta pantalla de un puto teléfono móvil. Se comunican con menos de cien palabras. Su capacidad narrativa y de comprensión se reduce a arcos argumentales de menos de un minuto, el contenido que consumen como yonkis en redes sociales. ¡Redes sociales en niños de menos de diez años!

Y ni siquiera entro a hablar de la pornografía. Daría para otro artículo.

Sólo un estúpido creería que esto es casual. En China, TikTok sólo muestra contenido cultural y motivacional. En Europa, adormece a los chavales con bailes estúpidos y desafíos que acaban con críos tirándose de un cuarto piso.

Sólo en Europa tenemos un sistema educativo basado en tabletas, libros de texto cuyo contenido consiste en la destrucción de nuestra identidad cultural y mesas de trabajo de cinco alumnos.

Solo en Europa nos hemos arrojado en brazos del móvil a cambio de conformismo, dopamina y comodidad, destruyendo a nuestros hijos en el proceso.

Me produces escalofríos pensar cómo cojones afronta los palos de la vida un chaval que sólo sabe comunicarse con emoticonos, hacer bailecitos de imbécil delante de una pantalla y tiempo presente.

Pensar qué cestos tejeremos con estos mimbres.

Les hemos arruinado la vida a estos críos por vagos. Por perezosos. Por comodones. Por hedonistas.

Les hemos arruinado la vida porque somos unos padres de mierda.

iV capea popular terra ignota

¿Tienes la agenda a mano? Pues ve apuntando, porque el sábado 12 de septiembre tendrá lugar la IV Capea Popular Ignota.

Repetimos sitio y el programa se mantiene en gran medida, pero con un añadido que nos parecía imprescindible: ¡campeonato de paellas! Para ello elegiremos a 15 personas entre los que se apunten al campeonato, con un premio muy especial para el mejor arroz.

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