Birras y Divagaciones

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cultura del esfuerzo

Ignorantes

El más que denostado cine español de la época de Franco ha sido relegado a los baúles del desprecio. Pocos programas de los denominados casposos han vuelto en algún momento a visitar esas películas con la intención de no olvidar a aquellas divas ya nonagenarias, aquejadas del mal del olvido o directamente fallecidas, o a sus correspondientes galanes surcando por los mismos océanos que sus partenaires femeninas. Pero de eso hace mucho. El resto de la tropa, no sabe qué tipo de cine se hacía, quiénes eran las estrellas que más brillaban o qué temáticas se ponían en la palestra. Apenas saben de la época dorada del cine americano, mucho más contundente y más publicitado que el cine patrio, como para conocer a este último.

Los que se acuerdan de aquel cine español lo suelen asociar a esas comedias ligeras de guiris de carnes blancas a las que se intenta ligar el español audaz, bajito y de pelambrera morena en el pecho. O a ese entrañable Chencho que se perdió en el mercadillo navideño de la Plaza Mayor de Madrid. O los más atrevidos no olvidarán a unas monjas montadas en un «dos caballos» sin etiqueta medioambiental circulando por las calles trufadas de guardias municipales con orinales por casco de un Madrid extinto.

Poco se habla ya de esas películas de una calidad excelente, con actores y actrices de raza y con directores de sabia astucia que lograban evitar el rasurado o cercenado de la censura reinante en el momento. Hablo de la muy conocida «El verdugo», de «Surcos» o la producción internacional «El cebo». Películas inmejorables y que casi nadie conoce ni, por supuesto, valora.

En ese cine, tanto el casposo como el más elevado, había personajes de toda índole que reflejaban el paisanaje patrio de la piel de toro. Pero en este escrito quiero destacar a un personaje que servía de mofa, de representante de un mundo que se iba o se quería dejar atrás, pero que muchas veces se revelaba como la persona sensata que daba empaque al guion. Me refiero al personaje del cateto.

El cateto, cuyo máximo representante fue Paco Martínez Soria, es un personaje entrañable, un arquetipo que suele evocar la España atávica, rural,  desconocedora del término turismo de masas. Por tales motivos, se suele pintar con esa capa de ignorancia, de torpeza en la gran ciudad así como el brutal choque que sufre con la modernidad de los guateques, las faldas cada vez más cortas y la velocidad cada vez más rápida de la vida capitalina.

El cateto tenía una característica que es lo que más me llama la atención: su ignorancia. El cateto era ignorante de todo lo que acontecía en la jungla de asfalto. Era un terreno ajeno, desconocido y brutal. Un terreno que se le quedaba adherido a las alpargatas y le impedía avanzar. Pero no solo era ignorante de los aconteceres diarios sino de su desconocimiento de muchas de las cuestiones sociales y culturales que, por razón de ser, se daban en la ciudad y no en el sosiego de la aldea asturiana, del pueblo manchego o de las fachadas encaladas de Andalucía. Pero el cateto conocedor de sus propias carencias las ocultaba. No se enorgullecía de ello, más bien, y con toda la razón del mundo, se avergonzaba y, en algunos casos, se ponía manos a la obra y hacía lo posible por evitarlas.

Estos catetos fueron mis abuelos. Mis padres. Tus abuelos. Tus padres.

Abuelos y padres que se rebelaron contra su propia ignorancia y trataron por todos los medios que sus vástagos tuvieran esa formación necesaria para desarrollarse en la vida sin más obstáculos que los que ella misma pone en el camino. De esos hijos de catetos salieron los ingenieros, los arquitectos y los abogados que construyen nuestras carreteras, nuestras casas y nos defienden de los abusos de terceros y de los excesos del poder, verbigracia.

Pero también han surgido todo tipo de urbanitas que adheridos a la cultura del nulo esfuerzo se han alistado del lado de la ignorancia que avergonzaba a sus progenitores y ancestros. Pero la cosa no queda ahí. No solo se han alistado a ese ejército de ignorantes, sino que han hecho de ello bandera identitaria y se han elevado en paladines de la misma. Se enorgullecen de su incultura como el que se enorgullece de sus raíces, de su pasado o de las gestas de quienes le precedieron (carencias todas ellas en este tipo de personajes, por cierto y como no puede ser de otra manera).

Este género de cateto posmoderno y urbanita ha proliferado tanto que se ha hecho legión. Se han alzado con el poder de la chabacanería de los medios de comunicación, sobre todo de la televisión y ahora de las redes sociales, donde se les puede ver haciendo el más estrepitoso de los ridículos en el terreno cultural, social y de dignidad por un plato de lentejas y los quince minutos de fama que estipulaba Warhol. Lo peor no es ni su incultura ni su insociabilidad ni siquiera su indignidad. Lo peor es que sirven de referentes a muchos jóvenes que todavía no tienen esclarecida la materia de la que están hechos sus sueños. Ven en ellos esa referencia que se puede alcanzar el éxito, superfluo y mal entendido, pero para ellos éxito, sin tener el menor de los conocimientos sobre el mundo que les rodea, sobre lo que son y van a llegar a ser, sólo con enseñar el hilo del tanga, el pecho depilado o acostarse con cualquier espécimen que pulule por los platós, los realitys  o tenga un millón de seguidores en su cuenta de chorradas de Instagram. Buscan la fugacidad que no les puede aportar el esfuerzo, el estudio o el trabajo duro, porque duele y cuesta conseguirlo.

En un mundo posmoderno, fugaz y ajeno al sacrificio, la figura del cateto avergonzado de su incultura, pero con la suficiente humildad como para reconocerlo y, lo más importante, poner remedio y salir de ella, se ha quedado desfasada. Para olvidar. Pero no estaría mal rescatar esas manos encallecidas que levantaron un país como el nuestro, que a pesar de servir de mofa y escarnio en muchas películas y en muchas realidades se adaptaron y se encumbraron como esas personas que supieron educar, cada uno en su grado y manera, a unos descendientes que, salvo horrorosos casos, han continuado con su mejora particular y, por ende, de toda la comunidad, que no sociedad, de la que formamos parte.

Ese cateto de boina enroscada, maleta de cartón atada con una cuerda y cigarrillo liado en la comisura de los labios que vino a Madrid, a Barcelona o a Bilbao para dar una mejor vida a sus herederos universales era mi abuelo.

Era tu abuelo.

Hónrale.

 

El alma es de hierro

Soy un hombre simple. Y cuando un hombre simple razona conceptos complejos, debe llevarlos a su terreno. Al de los sentidos, la intuición, las sensaciones. Explicar abstracciones es más fácil cuando las acercas a lo concreto. A la realidad. A la cárcel de subjetividad impuesta a los hombres incapaces de alejarse de lo terrenal.

No puedo hablar con autoridad sobre iluminación. Sobre divinidad. Sobre espíritu. Sobre el alma humana. ¿Qué he de saber de esos temas, ni siquiera en lo académico? Nada, no sé nada.

De lo que sí sé es de frío. Del temblor de las manos de un hombre cuando se está congelando. De calor. De la mirada vacía de alguien deshidratado. De golpes. Del tambaleo torpe después de recibir un puñetazo inesperado. De cuanto está al alcance de una mano que es más cuero que piel, de unos ojos cansados perdidos en una noche oscura. De la luz roja de un cigarrillo en mitad de una ventisca. De lealtad de dentelladas, no de palabras. De dureza. Resistencia. Tenacidad.

De hierro. Os puedo hablar de hierro.

Digo, y lo hago porque necesito aferrarme a lo físico para entender lo espiritual, que el alma del hombre es de hierro. El alma del hombre es de hierro, sí. Lo es al nacer, por lo menos. Un hierro informe, tosco, bruto. Uno cuya función y destino dependerá de la mano que lo trabaje. De cómo lo cuide. O cómo lo maltrate. Y esa mano no siempre es la nuestra, porque no siempre somos nosotros quienes damos forma a nuestra alma.

Es una cosa curiosa, el hierro. Con la voluntad adecuada puede doblegar una montaña, pero una simple piedra puede partirlo. Enfría el hierro en exceso y se volverá quebradizo como el cristal. Caliéntalo demasiado, se desintegrará en una fina arenisca inservible, pero peligrosa. Si no lo trabajas, si no haces nada con él, se oxidará hasta pudrirse. Trata de doblegarlo a la fuerza preferirá partirse que cambiar de forma.

El alma es de hierro, sin duda.

¿Qué sucede cuando el alma de un hombre se vuelve fría, insensible? Que el hombre se acaba quebrando, haciéndose pedazos e hiriendo a cuantos lo rodean. ¿Y cuándo, llevado por las pasiones sin mesura, el hombre se calienta? Rabia, ira, lujuria, todas acaban con el hombre sucumbiendo al fuego y volviéndose peligroso, pero inservible. ¿Del hombre apático, arrinconado, abandonado a la pasividad? Envilece, extrañando un mundo que antaño comprendió y ahora no es el suyo, creando una corteza sucia y mezquina que mancha a cuantos intenten acercarse.

Pareciera con estas líneas que el hierro es el material más vil sobre la tierra. Y nada más lejos de la realidad.

 El hierro es capaz de las más grandes proezas. Con la voluntad adecuada. Pon el hierro al fuego. Atempéralo. Sácalo y, aún ardiente y luminoso, colócalo sobre otro hierro más resistente y golpéalo con un martillo. No sólo cambiará su forma, sino que también se endurecerá. Castígalo con mano firme, pero justa. Entiende cómo golpear, dónde, cuándo. Yunque y martillo enseñan, dotan al hierro de nuevas características. Resistencia. Flexibilidad. Le dan forma. Caliéntalo de nuevo, enfríalo en aceite. Hazlo duro donde golpea, flexible donde soporta golpes.

La fragua son experiencias. Cuanto más frío vivamos, más agradeceremos una ducha caliente. Cuanto más calor, mejor nos sabrá el agua. El sufrimiento nos prepara para la incomodidad, el terror nos hace inmunes al miedo. La fragua prepara al hierro, pero son el yunque y el martillo quienes lo moldean. El yunque son nuestros padres. Hierros más duros, más gruesos, inamovibles e indestructibles. El martillo, sus lecciones.

Juntos, padres, lecciones y experiencias, moldean el hierro. Lo convierten en lo que necesita ser.

La labor del padre no dista, pues, demasiado de la del herrero.

El alma del hombre es hierro y la labor del padre es la del herrero.

Un pensamiento simple para un concepto complejo.

La calma de los gentiles

Vengo dándome cuenta, de un tiempo a esta parte, de un problema grave de nuestro tiempo. No ha sido una epifanía, sino un descubrimiento paulatino, lento, contrastado con pequeños ejemplos diarios.

La gente ha perdido la capacidad de ver venir el peligro. De prevenir. De calcular riesgos.

No soy un hombre inteligente. También me falta la experiencia necesaria para la sabiduría. Por tanto, me muevo por la vida de puro instinto, como el perro de caza que endereza lomo y cola cuando ve un pájaro sin saber por qué. Simplemente lo hace. Porque es lo que toca. Lo que le manda la sangre.

No recuerdo la última vez que me senté de espalda a una puerta. Camino con el teléfono en el bolsillo, los cascos en su funda y los ojos en continuo movimiento. Pienso en cómo salir de los sitios prácticamente antes de entrar. Compruebo las cancelas antes de ir a dormir, tengo un hacha de mano en la mesita de noche y un garrote en la guantera del coche. Me despierto si mis perros se mueven, no concilio el sueño hasta sentirlos tranquilos.

No soy un paranoico. No vivo con miedo. Sólo hago las cosas como sé hacerlas, como me pide el cuerpo. Como manda la sangre.

Compruebo fascinado cómo la gente va por la calle con la mirada fija en el teléfono móvil. Cómo se meten en antros plagados de delincuentes sin dudar. Cómo entran en barrios chungos porque el garito de moda está allí. Cómo manosean el ordenador de a bordo de sus carísimos coches eléctricos mientras conducen.

Y me doy cuenta de que no son conscientes del peligro.

Es una cuestión de responsabilidad, me temo. De madurez. De alargar la adolescencia hasta los sesenta años. Ignorar el proceso natural de la vida de hacerse cargo de las consecuencias de los propios actos según vas adquiriendo uso de razón.

Porque ahí reside la raíz de la cuestión: sólo un insensato ignora el peligro.

El peligro es una cosa curiosa, además. Porque no siempre es algo obvio. La mayoría sabe reconocer el peligro en un hombre de pupilas enormes empuñando un machete. En un perro de lomo erizado y hocico espumoso desgañitándose a ladridos. En el fuego. En el mar. La oscuridad.

Lo que la inmensa mayoría desconoce (quizá sería más adecuado decir que ha olvidado) es dónde reside el verdadero peligro.

El verdadero peligro reside en el hombre gentil.

Nada más peligroso que el hombre educado, respetuoso, honrado y amable, de manos curtidas y hombros anchos. Aquel con esposa a la que amar, hijos a los que proteger y Dios al que temer.

Esta sociedad infantilizada, irresponsable, atomizada y sin raíces parece haber olvidado que esos hombres fueron los que la construyeron. Y que esos hombres tuvieron hijos con sus mismos valores, respetos, honra y pasiones. Hijos que aman suficiente la paz como para transigir ofensas, aceptar empujones y soportar insultos con una sonrisa incómoda.

Pero hombres capaces de encabezar la más justa de las guerras cuando se los oprime. Cuando los tiranos tensan la cuerda, entre carcajadas y chanzas confiadas, hasta romperla. Cuando sus secuaces abofetean una última vez la mejilla enrojecida de tanto exponerla al golpe.

Cuando los estúpidos confunden al hombre pacífico con el indefenso.

Decía Patrick Rothfuss que todo hombre sabio teme tres cosas: la tormenta en el mar, la noche sin luna y la ira de un hombre amable.

¿Cuán irresponsable debe ser alguien para seguir buscando exaltar la ira de los gentiles?

Quien pueda entender esto, que lo entienda.

Del alma de las cosas

Ruge el fuego en la fragua. El hierro pasa del negro al rojo. Del rojo al naranja. Del naranja al blanco. Se posa sobre el yunque y recibe estoico al martillo. Se sucede el rítmico tintineo de los tres metales en sintonía. No es ruido, sino música. Una canción íntima, secreto compartido entre el herrero y su creación. Un golpe al hierro, dos al yunque.

Cling – cling, clang. Cling – cling, clang.

La música se transforma pronto en otra cosa. Ya no es el ritmo de una herramienta sobre un hierro. Es el latido de un corazón. Suena acompasado, perfecto. Todo lo perfecta que puede ser la obra de un hombre.

El herrero apoya su trabajo (suyo, de nadie más) a un lado del yunque. El tono naranja se va perdiendo, cada vez más frío, más rojo. Podría darle un toque más. Enderezarlo antes de volver al fuego. Balancea el martillo. Se lo piensa. Lo vuele a balancear. Sonríe. Lo devuelve a la fragua. Dudar significa fallar. Lo sabe. Ha hecho bien en no dar ese último martillazo.

Dios no creó a Adán con un último golpe al rojo, sino con su aliento. Suavidad, delicadeza. Vida.

El calor vuelve al hierro y así vuelve el herrero al martillo. La mirada fija en su labor, precisión en los golpes. Un mal impacto dejará una marca indeleble. No puede permitírsela. No si busca acercarse a la perfección. No cuando está creando.

La capacidad de crear es quizá el rasgo definitorio del hombre. Una máquina puede cortar, tallar, ensamblar, atornillar. Puede hacer todos los pasos necesarios para construir algo, pero jamás crear. Una inteligencia artificial puede generar imágenes, desarrollar escenarios, escribir textos. Pero jamás crear. Ninguna IA traerá al mundo un Velázquez. Ningún robot tallará la Piedad.

Quizá se acerquen cada vez más. Quizá. Pero siempre serán objetos fríos, inhumanos. Desprovistos de alma.

Una de las creencias ancestrales de nuestra especie es el animismo. Los objetos con alma. No sólo los objetos: montañas, ríos, bosques. También animales. Pero hoy hablamos de objetos. De objetos con alma.

Porque algunos objetos la tienen. Quizá no como la humana. Si es que existe. Pero sí carácter propio. El viejo coche ensamblado por hombres de gruesas manos manchadas de grasa. La herramienta de labranza pasada de mano en mano, de padre a hijo, cien años de trabajo proveyendo de alimento a una familia. El cuchillo templado con mano firme por el herrero, decenas de horas de trabajo, la mirada fija, el sudor en la frente, la garganta desgarrada por el intenso olor a hierro.

El hombre es creador, decía. Está en su naturaleza. Y la creación no es un proceso mecánico, sino espiritual. Consiste en poner parte de uno mismo en su obra. Imbuir de espíritu un material informe mediante el esfuerzo. Doblegar la naturaleza inamovible de la materia mediante la voluntad del hombre, la fuerza más poderosa de la naturaleza.

¿Cómo no tener alma tras eso?

De autoridad (2)

Uno de los principales problemas de trabajar en horario nocturno es no recoger a mis hijas del colegio todos los días, como quisiera. No sólo por el placer de pasar tiempo con ellas, cosa obvia (aunque hoy día sea necesario remarcar hasta la más mínima obviedad), sino por la relación directa con el colegio. De forma más concreta, con los docentes.

De un tiempo a esta parte, desde mis últimos años como estudiante en el lejano 2009 hasta la actualidad, he perdido el respeto por el sistema educativo y por quienes en él medran. Quizá sea haber vivido los primeros coletazos serios del independentismo en las aulas, la venta descarada de la formación de nuestros jóvenes a los políticos por el mísero precio de un plato de lentejas al cual accedieron los profesores con extraordinaria facilidad. Tal vez se deba a la mediocridad general de quienes tratan de instruir a nuestras futuras generaciones. O sea, cosa también posible, por la absoluta falta de interés de los mercenarios del sistema por hacer lo mejor por sus alumnos y en lugar preocuparse de la cartera.

Un ejemplo de esto fue la reciente huelga de profesores a causa del aumento de diez días lectivos en el calendario escolar. Un sector profesional adormecido ante una veintena de planes educativos distintos, a cada cual más mediocre e interesado por adoctrinar a los muchachos en las nefarias virtudes del socialismo institucional, se alzó en armas en cuanto les recortaron diez días de sus casi sesenta jornadas festivas. ¿Cómo se puede respetar a un colectivo así? Existirán excepciones, por supuesto. Las podéis encontrar en mi cuenta de tuiter en cuanto se trata el tema. Todos son excelsos al otro lado de la pantalla y el anonimato.

Divago. Permitidme reconducir la columna.

Decía echar un falta una relación más íntima con los profesores. Y no miento, aún si resultase contraintuitivo a simple vista. La echo un falta para evitarme gilipolleces. Me explico:

Mi señora me mandó un audio de whatsapp con el tono utilizado por las esposas cuando toca hablar de niños. Voz grave, seria, un punto afectado. Por lo visto, la menor de mis hijas había hecho una trastada. Había tirado un rastrillo de plástico por encima del muro del patio del colegio. Se lo explicó la tutora a mi mujer cuando recogía a las niñas, imagino usando el mismo tono ominoso.

-Pero… ¿Eso es todo? -pregunté.

-Sí.

-Vamos a ver…

Me ahorro el resto de charla e iré directo a las conclusiones.

Uno de los principios de la autoridad es el criterio. Sin un adecuado criterio, es decir, si la persona en quien reside la autoridad toma decisiones arbitrarias, desprovistas de razonamiento o, como es el caso hoy, otorgando una excesiva importancia a nimiedades, esta se ve resentida de forma inmediata. Nadie respeta a un líder errático, arbitrario o incapaz de priorizar.

Así, cuando un profesor importuna a los padres de un alumno para una nimiedad, no sólo pierde el respeto de estos, sino que el propio niño es consciente (aún de forma instintiva) de esta carencia de criterio. Porque si un docente da importancia a lo anodino, ¿cómo distinguirá el alumno la verdadera gravedad cuando se le presente?

Sucede entonces, con razón, que el alumno pierde el respeto al profesor sin criterio. Y sin respeto, la autoridad se desmorona como un castillo de naipes.

Este tipo de situaciones se dan por un motivo muy concreto: la falta de interés de los docentes en mostrarse como figuras de autoridad frente a los alumnos. Hemos creado una sociedad donde la autoridad es denostada como tiránica, un concepto negativo a expulsar de las aulas, cuando la realidad es otra bien distinta. Mientras exista una jerarquía (y esto es algo tan natural al ser humano como lo es entre los animales), la autoridad es un concepto imprescindible.

Sin embargo, como los docentes han adoptado un enfoque maternal y sentimentaloide (no es casual, la inmensa mayoría de educadores son mujeres formadas en universidades profundamente escoradas a la izquierda) nos encontramos con el problema actual.

Porque resulta, esto parece incomprensible para muchos, que el respeto se gana, no es un derecho intrínseco. Y dicho respeto surge, como hablamos en la columna anterior, del ejemplo. Un profesor debe manejarse con ejemplaridad si quiere ser respetado por sus alumnos.

Y esa ejemplaridad incluye, entre muchas otras cosas, tener criterio.
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Aunque últimamente asoma la patita en: https://twitter.com/LocoTorresReal

También tiene canal de Youtube: https://www.youtube.com/@LocoTorresReal

De hombres valientes

No quedan hombres valientes. O, en caso de hacerlo, son pocos, muy pocos. Los últimos. No me incluyo entre ellos, por supuesto. Quien lea estas líneas tampoco debería. Por un motivo muy sencillo:

El valor no nace de la voluntad, sino de la necesidad.

Vivimos, crecimos, nos criamos en una España rica, próspera. Una Patria fuerte con un destino manifiesto y un innegable lugar en el orden de todas las cosas, en el mundo. La mayoría de nosotros no ha conocido el hambre. No me refiero a quedarte una noche sin cenar o a pasar una mala enfermedad intestinal. Hablo de hambre de verdad. La que cuando descubre la magnitud del vacío del estómago decide residir en la cabeza. Atormentar el pensamiento, adormecer la razón, convertir al hombre en un animal capaz de cualquier cosa.

No es el único ejemplo, pero sí el más visceral. Si el valor nace de la necesidad, nosotros no podemos desarrollar verdadera valentía.

Quizá la última generación de hombres valientes de España murió con nuestros abuelos. Aquellos sangrando en la guerra civil. Los que fueron a Europa a defenderla del comunismo, luchar contra los nazis, liberar París, atrincherarse en Krasny Borr.

Las espaldas cuyo esfuerzo hizo posible el Milagro Español.

De las virtudes de aquellos surgieron nuestros defectos. La indiferencia ante la vida. Porque el antónimo de valiente, aún RAE mediante, no es cobarde, sino indiferente. Apático. El cobarde por lo menos actúa, aunque sea para huir.

Se amontonan las pruebas de cómo la Patria se encuentra en una espiral descendente hacia su más absoluta destrucción. Lo hacen ante los ojos de cualquiera con ganas de verlas, leerlas, interpretarlas. Quien quiera comprender que la historia es un concepto cíclico y estamos condenados a repetirla por la intrínseca naturaleza del ser humano.

El hombre de hoy, ufano y vanidoso, no es diferente del romano del s. V. De quien veía a los bárbaros traspasar los limes pero encogía los hombros. «No llegarán aquí», «la corrupción es natural, yo también lo haría», «estos godos ya asimilarán nuestra cultura».

Sorprendentemente, ya nadie habla latín.

Sucede con nosotros lo mismo que pasó con el cine. Perdonad la súbita digresión. Valdrá la pena.

Creo.

El cine, decía. Con la proliferación de los efectos especiales generados por ordenador, se ha facilitado la vida de todo el mundo. Los especialistas ya no corren riesgo de partirse la crisma, no es necesario preparar al milímetro las escenas, las explosiones no requieren de sofisticados sistemas y temporizadores para detonar en el momento oportuno. Los monstruos se hacen con ordenador, sin soportes físicos. Los actores no dedican horas a ser maquillados. Todo es más fácil, sencillo, eficiente, cómodo. Conveniente.

Sin alma. Vacío.

Porque no hay trabajo honrado detrás. No hay sacrificio, gente dispuesta a acabar en la UCI por hacer la escena perfecta. El esfuerzo de los maquilladores convirtiendo la cara de Arnold Schwarzenegger en la perfecta máquina de matar de Terminator. Viggo Mortensen aprendiendo esgrima para enfrentar orcos en El Señor de los Anillos o acabando la escena con un pie roto.

Ahora lo hace un ordenador, no hay necesidad de esforzarse. Y sin necesidad…

Tenemos a Natalie Portman incapaz pisar un gimnasio para encarnar a Thor. O a Jennifer Lawrence negándose a pasar seis horas siendo maquillada para las películas de La Patrulla X.

El problema surge ahora, cuando hay varias generaciones criadas en esa comodidad. En la abundancia. En la inmediatez. En el privilegio asumido como derecho incuestionable.

¿Qué nos depara el futuro? Sin duda mañana necesitaremos a hombres valientes. El problema es saber si los hombres del futuro podrán asumir las implicaciones del valor.

O si la necesidad, en lugar de engrandecerlos, los partirá como una rama seca.

Prefiero no pensar demasiado en ello.

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De parásitos

Criaturas curiosas, las garrapatas. Llegué a conocerlas bastante bien durante una etapa de mi vida. Al punto de convertirme en lo más parecido a un experto en el noble arte de separarlas de su, por lo general involuntario, anfitrión.

Hay un verdadero ritual, casi arcano, alrededor de esta labor. Casi un centenar de métodos, a cual más variopinto. Desde untar de aceite de oliva la zona circundante a la alimaña a quemarla con un cigarrillo, pasando por arrancar sin miramientos y más tarde extraer la cabeza con un alfiler desinfectado al fuego. Porque sucede, y esto es quizá lo más curioso de este ácaro (pasé media vida creyéndolo un arácnido), que es un bicho tozudo. Prefiere perder la vida a soltarse de su sustento, de la criatura a la cual parasita. No sólo eso: si se lo obliga a las bravas, dejará la cabeza dentro del cuerpo de su víctima para infectarla, hacerla enfermar o, incluso, causarle la muerte.

Me volví un experto en esto de las garrapatas, decía. Encontrarlas. Estudiar sus movimientos. Trabajarlas con cuidado, casi delicadez, para extraerlas. La piel se tensaba un segundo, la última resistencia, un pequeño giro, leve presión en el grueso, duro cuerpo del insecto y ¡plop! Una garrapata íntegra entre los dedos, por lo general vomitando sangre, su última cena. Muchos venían en busca de esta habilidad después de pasar unos días en el campo, incluso yo mismo despedía a mis propios visitantes no deseados si me alcanzaban las manos.

El caso, y disculparéis esta desagradable introducción, es el siguiente: una garrapata prefiere morir a dejar de parasitar. Y si lo hace, es a la fuerza, llevándose a cuantos pueda por delante. Además, la garrapata ya no se oculta como antaño. Llegamos a un punto, en un lapso tan corto que asombra, en el cual las garrapatas llaman la atención. Gritan. Exigen sangre. Huéspedes. Víctimas.

Cerca de las ocho de la mañana, andaba haciendo las tareas relativas al negocio familiar. Lo de siempre, peleas en el ayuntamiento, el millonésimo trámite burocrático bajo amenaza de impuesto revolucionario en caso de no doblegarte a sus arbitrariedades, hablar con una máquina en la oficina de la entidad bancaria de turno. Pasé por la plaza de la iglesia y ahí estaba esperándome. Debía rondar los sesenta años, muleta mugrosa al ristre, pelo rapado entrecano, obesidad rondando la morbidez. Sentada en la terraza del bar donde se reúnen los drogadictos del barrio. La garrapata.

Aleccionaba a gritos al yonqui de la mesa de al lado. No suelo prestar atención a este tipo de duelos de alta filosofía, encuentros dignos de la entrada de Diógenes a la academia platónica (¡he aquí un hombre! con sesión onanista garantizada), pero me llamó la atención el contenido del encendido discurso del ácaro. No me resisto a resumirlo para deleite de quienes lean estas líneas.

Ella, pobre y desamparada, era una paria de la tierra. Nadie le daba lo que merecía, nadie le ofrecía una vida digna. No le daban dinero, no le daban casa, no le daban cuidados. Dar, merecer. Siendo así las cosas, no se sentía culpable por okupar la casa de una millonaria.

Un discurso ya conocido por todos, claro. La dialéctica clásica del parásito. Sin embargo, aquí viene el último giro argumental. Sobre la millonaria. Sigo resumiendo.

Porque ella era pobre, pero la otra tenía dos casas. ¡Dos! Una, donde residía, en el pueblo de al lado. ¡Un pueblo de ricos! Encima, esa otra casa tenía piscina. ¡Piscina! Y no contenta con eso, la millonaria cobraba en su trabajo (el clásico millonario asalariado) la exorbitada suma de mil doscientos euros al mes. ¡Mil doscientos!

Dejando de lado el innegable poderío económico de la asalariada mileurista, añadía nuestro ácaro protagonista de la semana que:

Ella no se iría de esa casa sin pelear. Si la sacaban, arrancaría hasta el último cable de cobre, cada ventana de aluminio, incluso las tuberías. Esa casa era ahora su casa y no podía serlo de nadie más. Porque la millonaria debía entender que era una privilegiada y debía compartir. Darle su parte a quienes no disfrutaban de privilegios. ¿Cómo podía tener dos casas? ¡O incluso una! La gente normal vive de alquiler.

Soy bueno encontrando garrapatas, decía.

Aunque, en realidad, las garrapatas son mejores encontrándome a mí.

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Quedará precioso

Por lo general tengo una muy mala opinión del ser humano. Así, como concepto. Con una atención especial a los franceses. A los ingleses no los incluyo porque, como bien sabemos todos, no son personas.

En cualquier caso, como iba diciendo, no me gustan las personas. Mi vida ha consistido en una lucha constante entre la aversión a la gente y la necesidad de ser el centro de atención. Un dilema complicado cuya conclusión, por el momento, ha sido aceptar un punto intermedio satisfactorio para ambas pulsiones: vivir en una casa aislada a las afueras y trabajar de noche en una oficina vacía, pero escribir para quien quiera leerme. Ni pa ti ni pa mí.

Creo que en cierta medida todos compartimos esa aversión, sólo varía el grado. La intensidad. Incluso el tipo más gregario del mundo desearía tener una pistola cargada cuando una veintena de ciclistas en columna de a tres ocupa la íntegra totalidad del carril a las ocho de la mañana de un domingo. O aprieta los dientes cuando el anónimo de turno deja el SUV aparcado entre dos plazas. Puntos de más cuando el anónimo se convierte, como es costumbre, en una magnífica Charo de pata negra.

Quizá mi problema es no tener fe. Aquello de la moral cristiana. La otra mejilla, perdonar al prójimo. Pero incluso Su Santidad Juan Pablo II, bendito sea en su gloria, le daría un guantazo a gente así. Lo pongo a él de ejemplo porque del argentino ya sabemos que sí. Que él sí le daría una torta con la mano abierta. ¡Menuda la dio a aquella china!

Me voy por las ramas.

Decía: no soy demasiado amigo de la gente. Pero sucede que, a veces, te dan sorpresas. Paras el coche en un paso de cebra y el abuelo cruzando te da las gracias con la mano. Alguien se descubre al ponerse bajo techo. Un crío te mira, sonríe y te saluda. Pequeños detalles evitando mi metamorfosis en un loco homicida ejerciendo la verdadera «justicia social» hacha en mano. Hoy he vivido uno de esos momentos.

De un tiempo a esta parte me gusta entrar en la oficina a horas diferentes a la habitual. En parte para hacerme menos previsible (manías marciales que coje uno. También cambio la ruta al trabajo de vez en cuando), pero también por el paisanaje. Por ver a la gente fuera de su horario habitual. Esto me ha reportado bastantes menos alegrías que enfados, por otra parte. Anteayer, sin ir más lejos, entré a uno de los módulos para encontrarme a la mujer de la limpieza con los pies descalzos encima de la mesa viendo vídeos a todo trapo en el móvil. ¡Ni siquiera se inmutó, la tía! Alzó la mirada, saludó con la cabeza y siguió a lo suyo. Esta hace poco se quejaba amargamente porque la baja laborar de una de sus compañeras implicaba mayor carga de trabajo para ella. Ya.

¿Os acordáis lo que decía del hacha?

El caso es que hoy estaban abrillantando con una pulidora. La manejaba un hispano bajito, nervudo, con la piel curtida y morena, casi negro. Debía tener unos sesenta años. Los brazos en tensión por el esfuerzo de controlar la pesada máquina. Ojos fijos en la faena, ceño fruncido. Al verme salir del ascensor la detuvo de inmediato. Nos saludamos e intercambiamos unas cortesías. «¿Cómo está usted?», «¿Le queda mucha faena?», lo típico. Estaba haciendo un buen trabajo, la diferencia con la zona no pulida era obvia.

-¡Esto está quedando estupendo! Da gusto verlo.

Me miró en silencio durante un segundo largo. La mascarilla no fue capaz de ocultar cómo se formaba una sonrisa. Lo decían sus ojos. La forma de llevarse las manos a la cadera. La espalda recta.

-Es el mármol —respondió hablando despacio, sereno—. Es un buen mármol —Se detuvo otro momento. La sonrisa le entrecerró los ojos—. Quedará precioso.

Había algo en sus palabras. El tono, la pronunciación. La calma. Lo reconocí de inmediato. Era algo repetido mil veces cuando aún vestía uniforme y bandera de España en el hombro: la íntima satisfacción del deber cumplido.

Quedará precioso. No era una observación casual, sino una declaración de intenciones. Él lo haría quedar precioso. Con su esfuerzo, su trabajo, sus ganas. Con su voluntad de hacer las cosas de la mejor manera posible.

En una sociedad donde impera la ley del mínimo esfuerzo, donde la gente busca cobrar sin trabajar, sentarse con los pies encima de la mesa…

¿Cómo no reconciliarte con la humanidad al oír eso?

Quedará precioso.

Estoy convencido.

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iV capea popular terra ignota

¿Tienes la agenda a mano? Pues ve apuntando, porque el sábado 12 de septiembre tendrá lugar la IV Capea Popular Ignota.

Repetimos sitio y el programa se mantiene en gran medida, pero con un añadido que nos parecía imprescindible: ¡campeonato de paellas! Para ello elegiremos a 15 personas entre los que se apunten al campeonato, con un premio muy especial para el mejor arroz.

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