Birras y Divagaciones

Cerrar

Birras y Divagaciones

Cerrar

Belleza

Belleza cotidiana

En su libro «Caprichos», Ramón (Gómez de la Serna) tiene un delicioso microrrelato, como ahora se dice, en el que una ex alumna lega su belleza a las actuales internas de su antiguo colegio. Todas ellas gozaban del don supremo de ser guapas. Del don de la beldad. Ramón, como no puede ser de otra manera, lo narraba con la gracia greguérica que lo caracterizaba. Del olvido de la obra de Ramón (Gómez de la Serna) podemos hablar largo y tendido, y, de hecho, no tardaremos en hacerlo. Pero del olvido de la belleza, ¡ay, querido lector!, no podemos dejar de hablar en esta humilde cuaderno de bitácora que se escribe sobre la mesa de tres patas de la Belleza, el Bien y la Verdad. Así, como se merecen, en mayúscula.

            En estos tiempos minimalistas hasta el absurdo, el alma coleccionista de fetiches de Ramón chocaría de frente con estrépito de partes al seguro, sonido de mazos de madera en el juzgado y fragor de condenas con la vana banalidad posmoderna. Hoy una casa o un estudio como el que tenía Ramón, diagnosticado de horror vacui, estaría sobre la mesa del negociado de Asuntos Sociales del ayuntamiento de turno para tratar al Diógenes que lo habita. En sus fetiches, Ramón (Gómez de la Serna) buscaba el hálito de belleza que todos ellos tenían. Una belleza no del todo entendida. Una belleza peculiar.

            Como dicen los cursis, los analfabetos funcionales y los que se piensan leídos, la belleza está sobrevalorada. Se sobrevalora tanto que se menosprecia. Se menosprecia tanto que se olvida. Sentimos, porque ahora se hace así, lo bello como horrendo, estentóreo y ajado. No valoramos la compleja sencillez de unos ojos que nos contemplan desde la profundidad del óleo sobre lienzo, la luz que penetra por una vidriera o la música que se creó para enaltecer la elegancia de unas coquetas corcheas. Lo peor no es el desapego a esa belleza en el arte, lo peor es que la belleza ha desaparecido de nuestra vida cotidiana, la hemos arrinconado, desechado por carecer del sentido pragmático de nuestros días. En los barrios de las ciudades triunfa el ladrillo visto, las farolas deslavazadas y las camisetas estampadas del todo a cien (a euro). La vacuidad de ese pragmatismo nos convierte en un mundo gris, sin acentos, sin el cuidado que las cosas se merecen. Sin rasgar o rascar un poco y ver lo que realmente nos inflama el corazón y enaltece el alma. Porque dotar de belleza a los elementos diarios no es una estupidez, sino que aporta ese plus que nos convierte en seres sintientes, con conocimiento y dotados de la razón necesaria para el aprecio de lo bello. Y, no solo eso, también enaltece el acto para el que fueron creados, dotándolo de una suerte de glorificación.

            No estamos tratando de un mero ornamento estético sin más, tan desechable, por otro lado, como el simple pragmatismo. Estamos hablando de dotarle del necesario empaque al objeto en cuestión para que nos engrandezca. No solo porque nos hagan la vida más fácil o cómoda, que también, sino que la hagan más bella, que merezca más la pena ser vivida. Porque sí, los objetos que a diario usamos dan cuenta de nosotros, de nuestras vidas, de la importancia de ellas y de la que a ellas le damos. Ya sabemos que es mucho más cómodo el chándal que la corbata, pero no solo distan ambas prendas entre sí, sino que también lo hacen quienes con ellas se visten. Verbigracia. Y el aportar belleza a esos objetos, y a todo lo que les rodea, hace que se fabriquen con más cariño, que se cuiden y protejan más y se intente por todos los medios que nos duren para siempre, por el simple hecho de ser bellos. La belleza no se puede tirar a la basura. La belleza está llamada a salvar el mundo.

            Después de leer el relato de Ramón (Gómez de la Serna) que origina el presente texto, me ha dado por pensar que como Gloria Sunson, su protagonista, legó toda su belleza a las alumnas que la sucedieron en el internado, nosotros, seres bípedos, implumes y grises del siglo XXI, no podremos legar gran cosa a quien nos releve en este valle de lágrimas. Como decía en el párrafo anterior, si los objetos carecen de belleza y por ello no le tomamos la consideración debida, no nos costará desprendernos de ellos y, estos sí, tirarlos a la basura. De este modo el legado que transferiremos a nuestros legítimos herederos será un estercolero de artefactos carentes de la belleza oficial de la que han de estar dotados. Y lo peor de todo será que como están habituados y se han criado entre ellos no les darán la justa importancia, ni los valorarán, ni echarán en falta su presencia o su ausencia. Y, ante esto, necesitamos más que nunca el legado de Ramón (Gómez de la Serna) quien en sus escritos procuraba aportar elementos humanos (y, por ende, divinos) a esos objetos a los que extraía su peculiar belleza para darles vida, empaque y, sobre todo, la importancia debida como para legarlos a las generaciones venideras. Para que el fuego mantenga la fortaleza suficiente en su paso de manos cansadas a manos fuertes, sanas y jóvenes.

De nostalgia e imaginación va la cosa

Los dos canales de la televisión eran el lujo asiático de las familias de piso de protección oficial y seiscientos aparcado en la calle. En mi caso, o, mejor dicho, en mi casa, la tele se ponía a la hora del Telediario de la noche y alguna tarde los fines de semana. Estar absortos ante imágenes en movimiento sin ton ni son se antojaba, y se me antoja, una especie de pérdida de tiempo irrecuperable. Pero los programas de El Hombre y la Tierra, las aventuras de Curro Jiménez asaltando diligencias, derrochando masculinidad (hoy la denominarían tóxica) y dando matarile al invasor francés, y el inevitable 1,2,3 de la noche de los viernes eran citas ineludibles.

Los sábados por la tarde la televisión tenía una programación cinéfila de primera categoría. Los niños esperábamos que las malas noticias del Telediario cesaran para que diera comienzo la película de la sesión vespertina. En mi memoria han quedado grabadas películas del género de aventuras como las de mayor disfrute. Películas del oeste, de piratas mutilados por sus malas artes y de espadachines capaces de marcar con una pasmosa agilidad de muñeca una letra del abecedario en el rostro del gobernador malvado. Los niños de pantalón de pana y camisas a cuadros devorábamos aquellas historias, aquel séptimo arte que se colaba en nuestros cuartitos de estar y lo asimilábamos de tal manera que cuando en la pantalla se vislumbraban las temibles letras del The End, corríamos a buscar en el tambor de Luzil donde guardábamos los juguetes, las armas, los sombreros o cualquier objeto que nos sirviera para emular lo visto en la pantalla. Si la película era de piratas, bajábamos a la calle con un parche pintado en el ojo, que debíamos de tener guiñado para conseguir su temible efecto, una cojera de pata de palo ficticia y una espada de madera (también servía una palo lleno de nudos). Si, por el contrario, las escenas cinematográficas narraban las vicisitudes de los pioneros del oeste, nos servían las plumas de las torcaces que se caían de sus nidos, un revólver de mistos y, el que pudiera, un sombrero de cartón. Con ese atuendo, o el que nos imaginábamos, nos azotábamos en las caderas como si arreásemos en las ancas a ese caballo imaginario que nos llevaba por los bellos parajes del Gran Cañón perseguidos por vaqueros o por indios, según lo que nos tocara a suertes en el pares o nones.

Muchos niños adoptaban el personaje de la película estrenada en la tarde del sábado, otros se quedaban en el personaje que más les gustaba y por los soportales del barrio pululaban toreros, con su cuadrilla de expertos en clavar banderillas, monosabios y picadores (siempre eran estos los más gorditos, a los que no les quedaba otra que ésta y jugar de portero en los partidos de fútbol); piratas adoradores de la bandera Jolly Roger, muchos de ellos todavía guardan en su vida adulta el apodo de ese oficio; bandoleros que conocía todos los desfiladeros y rincones ocultos de Sierra Morena sin haber salido de su barrio. Éramos una patulea de niños rebosantes de una imaginación que, con el paso de los años, se iría disipando o desvaneciendo entre cascotes de obras, oficinas de ocho a cinco y diversos oficios en los que ocupar nuestra etapa adulta (en algunos casos, también adúltera o adulterada).

Pero este que escribe, querido y exclusivo (por único) lector, pasando por poco el larguero de los cincuenta, se sienta en la mecedora de su salón, echa la vista atrás y se regocija en aquella niñez que nunca más volverá. Echa atrás no solo la vista, sino que también echa la melancolía. Y a veces se revela con ahínco. Esto último suele ocurrir cuando lee libros de viajes y, de este modo, viaja a esos lugares que se narran y se ve caminando junto al escritor que anda por esos parajes de la Capadocia, de la Irlanda lluviosa o de la Grecia añorada, deseada. Y, como no puede ser de otra manera en alguien que antaño se imaginaba navegando en cascarones de nuez, cabalgando por Despeñaperros o asediando fuertes con bardas de madera acabadas en punta, se imagina visitando esos castillos escondidos tras un muro de hiedra, esos templos donde conocerse a uno mismo no es una premisa sino un axioma necesario para nuestro acontecer vital o cabalgando a lomos de una elefanta coqueta por los caminos de la India.

De toda esa literatura de viajes que exacerba la imaginación, la que más hace brotar en mí la ilusión que me queda es la contenida en esos libros de viajeros que hollaron el terreno heleno (también el italiano y el español). Viajeros del norte que se quedaron maravillados con la luz del Mediterráneo, con la iluminación de los filósofos griegos, con la amabilidad de los vecinos de las aldeas de la Ática. Viajeros que se empadronaron en sus islas para abandonar de una vez por todas la tristeza burocrática de las lluvias centroeuropeas, británicas o nórdicas, el sinsabor luterano y acogerse a esas conversaciones eternas a la necesaria sombra de cualquier árbol que los acogiese. Viajeros que, a pesar de la blancura de su piel, el rojo de sus cabellos o el azul de sus ojos, se vistieron con los atuendos mediterráneos y descendieron a la vida plena de los países donde floreció la antigüedad. Los Durrell, los Patrick Leigh Fermor o los Lord Byron de turno consiguen que mi vida dé el vuelco a la infancia tan necesario para huir de la cada vez más burocrática vida impuesta por nuestros vecinos del norte, esa suerte de vacuna contra nuestra forma de vivir, contra nuestro aceite y contra la lana castellana, y que intenta borrar todo lo que nos ha constituido como comunidad a base de crearnos una admiración errónea en esa su vida respetuosa, de máxima civilización y humillantemente individualista, y, por eso mismo, capaz de sucumbir ante cualquier proceso despótico sin rechistar. Sin decir al menos esta boca es mía. Y todo esto choca con ese espíritu mediterráneo que esos guiris de piel blanca (después tornada en roja), pelirrojos y altos supieron distinguir y transcribir en esos libros que me obsesionan y no sólo me hacen cultivar de nuevo aquella imaginación infantil casi olvidada, sino que me hacen ver que en esos sitios, como en el nuestro, se vive de una manera natural, sin interferencias, con la autenticidad del que sabe saborear lo bueno, lo bello y lo verdadero.

En pijama por la calle

La primera vez que lo vi, tuve que frotarme con fuerza los ojos pensando que eran visiones. Volví a mirar. Incrédulo, me froté los ojos para desvanecer la visión, en el caso que esta lo fuera. Por un instante me sentí como don Alonso Quijano antes de recobrar la cordura. Pero no. No era una visión provocada por ese sabio Frestón que, como al Ingenioso Hidalgo, me tiene cierta ojeriza. Para nada. Lo que veía era tan cierto como que dos más dos son… ummm… ¡Cuatro!

          Te pongo, perdón por el tuteo, querido y único lector, en antecedentes: mes de diciembre, a mediados; ambiente navideño; villancicos por la megafonía del Ayuntamiento de mi localidad; en el Belén de la plaza, todavía no está el niño Jesús; compras de navidad. Los niños en sus carritos menean las panderetas que sus madres les acaban de comprar en el chino. Otros, más mayores, queriendo ser Messi, juegan al balón como lo hacen en cualquier época del año. Los comercios están llenos: unos buscan ese jersey que se ha puesto de moda y que tiene estampados dos renos y muchos copos de nieve; otros, observan con detalle las características del último grito (¡qué ganas tenía de escribirlo!) en tecnología. Los padres recientes se turnan para hacer guardia en las jugueterías.

          Entre tanto ajetreo la observo. Es una chica joven, apenas pasada la veintena. Parece normal, sin ninguna tara al menos evidente. Me fijo en ella (creo que como el resto de los bípedos que por allí andábamos). Sus pies están enguantados en unas zapatillas de estar por casa, de esas feas que son muñecos de peluche de la serie de dibujos animados de moda. Mi mirada sube y se percata que el pantalón es de cuadros rosas y está confeccionado en felpa. ¡Por el amor de Dios! ¡Es un pijama! Por encima, un abrigo acolchado. El pelo, como recién levantada de la cama. De sus manos colgaban bolsas de las tiendas repletas de prendas, imagino. No contento con eso, el sabio Frestón colocó ante mis ojos a dos chavalas vestidas de igual manera aquella misma tarde.

          Esta misma mañana, en el supermercado del barrio, he podido ver a una pareja vestida como la chica descrita supra. Y no, no estaban comprando de urgencia una especia que les hacía falta para la paella. Guiaban un carro de supermercado y lo tenían lleno. La compra de la semana. ¡Otra vez el sabio Frestón haciéndome de las suyas!

          Todas las veces que me he cruzado por la calle con gente vestida en pijama, que para mi gusto han sido muchas, me he percatado que no sentían el menor pudor, ni se sentían mal ni, por supuesto, se ponían colorados. Todo lo contrario. Parecía como si caminaran más erectos, con la mirada fija en sus objetivos y con el orgullo personal clavado en el pecho. Tal vez pensándose algún tipo de ser aventajado o influencer. 

          No sé si esta moda tan vergonzante está extendida por todos los sitios de este suelo patrio en el que vivimos. Tampoco sé si es común en los barrios donde los apellidos compuestos son mayoría. Lo desconozco. Pero en la periferia (yo soy de la ultreia periférica) de la capital del Reino se extiende como una plaga de piojos en una guardería pública.

          Ya me parece vergonzante el uso de prendas deportivas para salir de cena o para una cita de Tinder (aunque he de reconocerlo, tuve mi temporada sudadera), pero lo del pijama me parece no solo un exceso, sino un ataque frontal contra la línea de flotación de la buena presencia. Me imagino la cara de  los entrevistadores de una empresa cualquiera que se tengan que enfrentar a un miura que viene a pedirles trabajo vestido con sus mejores modelos de pijama. O, pongamos, en una boda por lo civil, que los contrayentes vistan un pijama chaqué y, ella, un pijama blanco pureza. Deleznable. Pero no me extrañaría que ocurriera.

          Pero la anécdota del pijama no sería otra cosa que eso si no fuera porque es un síntoma evidente de la degradación humana que estamos viviendo. El ser humano racional, capaz de inventar y de convertir el mundo en un sitio mucho más habitable, se ha preocupado por alcanzar ese punto de belleza que nos hace diferentes al resto de especies animales. Y esa belleza, tan necesaria para el alma como el pan para el estómago, se muestra en múltiples facetas, desde el arte, la música o la literatura hasta el cuidado por nuestra apariencia física. Y esta última es nuestra tarjeta de presentación. Nuestra imagen dice de nosotros casi todo, y, por tal motivo, nos preocupamos porque sea la mejor, la más bella.

          En estos tiempos insulsos, el ser humano occidental, sobre todo el periférico, ha enaltecido la comodidad ante todas las demás premisas. El hombre (y la mujer, ¡oiga!) se ha vuelto comodón. ¿Qué hay más cómodo que un pijama/chándal? ¿Y más caro? Pocas cosas. El uso y abuso del chándal/pijama y, por ende, de la comodidad, está haciendo un daño tan profundo que no sabemos valorar a día de hoy hasta dónde puede llegar. Pues no hemos de olvidar que la comodidad y la pereza son dos hermanas siamesas. Dos pecados capitales.

          Y, aunque muchos vecinos míos no me crean, el atuendo que uno porta modela las relaciones sociales. Y el gusto. Y el refinamiento. Y la percepción de la Belleza, del Bien y, como no puede ser de otra manera, de la Verdad. Algunos me tildarán de exagerado, pero párate a pensar, querido lector, y observa que por pragmatismo comodón no valoramos otra cosa que no sirva para nuestro acomodo. Y despreciamos ese ornamento que nos alegra la vida y nos eleva el alma, pues no es práctico y, como es elevado y te hace pensar, no es cómodo (mucho más fácil es deglutir mini videos de tik tok), y como no es cómodo, pues lo desechamos y, poco a poco, el color gris se apodera de nuestra vida. Cuando todo sea gris, el color de la belleza será proscrito y todo habrá terminado.

Bellos amaneceres

Alguien, con la prisa y el sentido de la productividad moderna adherido a la suela de sus zapatos, te dirá con cierto tono de sorna o burla que amanecer amanece todos los santos días, y, aunque no le falta razón, discrepo.

iV capea popular terra ignota

¿Tienes la agenda a mano? Pues ve apuntando, porque el sábado 12 de septiembre tendrá lugar la IV Capea Popular Ignota.

Repetimos sitio y el programa se mantiene en gran medida, pero con un añadido que nos parecía imprescindible: ¡campeonato de paellas! Para ello elegiremos a 15 personas entre los que se apunten al campeonato, con un premio muy especial para el mejor arroz.

No nos gustan las galletas... pero nos obligan a usarlas

En TerraIgnota.es no usamos cookies propias pero si algunas de terceros. Puedes aceptar su uso o simplemente rechazarlo, es tu libre elección.

No nos gustan las galletas... pero nos obligan a usarlas

En Terra Ignota no usamos cookies propias pero si algunas de terceros. Puedes aceptar su uso o simplemente rechazarlo, es tu libre elección.