De nostalgia e imaginación va la cosa

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De nostalgia e imaginación va la cosa

Los dos canales de la televisión eran el lujo asiático de las familias de piso de protección oficial y seiscientos aparcado en la calle. En mi caso, o, mejor dicho, en mi casa, la tele se ponía a la hora del Telediario de la noche y alguna tarde los fines de semana. Estar absortos ante imágenes en movimiento sin ton ni son se antojaba, y se me antoja, una especie de pérdida de tiempo irrecuperable. Pero los programas de El Hombre y la Tierra, las aventuras de Curro Jiménez asaltando diligencias, derrochando masculinidad (hoy la denominarían tóxica) y dando matarile al invasor francés, y el inevitable 1,2,3 de la noche de los viernes eran citas ineludibles.

Los sábados por la tarde la televisión tenía una programación cinéfila de primera categoría. Los niños esperábamos que las malas noticias del Telediario cesaran para que diera comienzo la película de la sesión vespertina. En mi memoria han quedado grabadas películas del género de aventuras como las de mayor disfrute. Películas del oeste, de piratas mutilados por sus malas artes y de espadachines capaces de marcar con una pasmosa agilidad de muñeca una letra del abecedario en el rostro del gobernador malvado. Los niños de pantalón de pana y camisas a cuadros devorábamos aquellas historias, aquel séptimo arte que se colaba en nuestros cuartitos de estar y lo asimilábamos de tal manera que cuando en la pantalla se vislumbraban las temibles letras del The End, corríamos a buscar en el tambor de Luzil donde guardábamos los juguetes, las armas, los sombreros o cualquier objeto que nos sirviera para emular lo visto en la pantalla. Si la película era de piratas, bajábamos a la calle con un parche pintado en el ojo, que debíamos de tener guiñado para conseguir su temible efecto, una cojera de pata de palo ficticia y una espada de madera (también servía una palo lleno de nudos). Si, por el contrario, las escenas cinematográficas narraban las vicisitudes de los pioneros del oeste, nos servían las plumas de las torcaces que se caían de sus nidos, un revólver de mistos y, el que pudiera, un sombrero de cartón. Con ese atuendo, o el que nos imaginábamos, nos azotábamos en las caderas como si arreásemos en las ancas a ese caballo imaginario que nos llevaba por los bellos parajes del Gran Cañón perseguidos por vaqueros o por indios, según lo que nos tocara a suertes en el pares o nones.

Muchos niños adoptaban el personaje de la película estrenada en la tarde del sábado, otros se quedaban en el personaje que más les gustaba y por los soportales del barrio pululaban toreros, con su cuadrilla de expertos en clavar banderillas, monosabios y picadores (siempre eran estos los más gorditos, a los que no les quedaba otra que ésta y jugar de portero en los partidos de fútbol); piratas adoradores de la bandera Jolly Roger, muchos de ellos todavía guardan en su vida adulta el apodo de ese oficio; bandoleros que conocía todos los desfiladeros y rincones ocultos de Sierra Morena sin haber salido de su barrio. Éramos una patulea de niños rebosantes de una imaginación que, con el paso de los años, se iría disipando o desvaneciendo entre cascotes de obras, oficinas de ocho a cinco y diversos oficios en los que ocupar nuestra etapa adulta (en algunos casos, también adúltera o adulterada).

Pero este que escribe, querido y exclusivo (por único) lector, pasando por poco el larguero de los cincuenta, se sienta en la mecedora de su salón, echa la vista atrás y se regocija en aquella niñez que nunca más volverá. Echa atrás no solo la vista, sino que también echa la melancolía. Y a veces se revela con ahínco. Esto último suele ocurrir cuando lee libros de viajes y, de este modo, viaja a esos lugares que se narran y se ve caminando junto al escritor que anda por esos parajes de la Capadocia, de la Irlanda lluviosa o de la Grecia añorada, deseada. Y, como no puede ser de otra manera en alguien que antaño se imaginaba navegando en cascarones de nuez, cabalgando por Despeñaperros o asediando fuertes con bardas de madera acabadas en punta, se imagina visitando esos castillos escondidos tras un muro de hiedra, esos templos donde conocerse a uno mismo no es una premisa sino un axioma necesario para nuestro acontecer vital o cabalgando a lomos de una elefanta coqueta por los caminos de la India.

De toda esa literatura de viajes que exacerba la imaginación, la que más hace brotar en mí la ilusión que me queda es la contenida en esos libros de viajeros que hollaron el terreno heleno (también el italiano y el español). Viajeros del norte que se quedaron maravillados con la luz del Mediterráneo, con la iluminación de los filósofos griegos, con la amabilidad de los vecinos de las aldeas de la Ática. Viajeros que se empadronaron en sus islas para abandonar de una vez por todas la tristeza burocrática de las lluvias centroeuropeas, británicas o nórdicas, el sinsabor luterano y acogerse a esas conversaciones eternas a la necesaria sombra de cualquier árbol que los acogiese. Viajeros que, a pesar de la blancura de su piel, el rojo de sus cabellos o el azul de sus ojos, se vistieron con los atuendos mediterráneos y descendieron a la vida plena de los países donde floreció la antigüedad. Los Durrell, los Patrick Leigh Fermor o los Lord Byron de turno consiguen que mi vida dé el vuelco a la infancia tan necesario para huir de la cada vez más burocrática vida impuesta por nuestros vecinos del norte, esa suerte de vacuna contra nuestra forma de vivir, contra nuestro aceite y contra la lana castellana, y que intenta borrar todo lo que nos ha constituido como comunidad a base de crearnos una admiración errónea en esa su vida respetuosa, de máxima civilización y humillantemente individualista, y, por eso mismo, capaz de sucumbir ante cualquier proceso despótico sin rechistar. Sin decir al menos esta boca es mía. Y todo esto choca con ese espíritu mediterráneo que esos guiris de piel blanca (después tornada en roja), pelirrojos y altos supieron distinguir y transcribir en esos libros que me obsesionan y no sólo me hacen cultivar de nuevo aquella imaginación infantil casi olvidada, sino que me hacen ver que en esos sitios, como en el nuestro, se vive de una manera natural, sin interferencias, con la autenticidad del que sabe saborear lo bueno, lo bello y lo verdadero.

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