La presbicia, o al menos sus efectos, se mitigan con unas gafas de ver de cerca. No son difíciles de encontrar ni suponen un gasto económico de los que se dicen importantes, pero chocan de frente con nuestra coquetería instragamera y muchos somos reacios a colocar su puente sobre el hueso de nuestra nariz. Este artilugio evita que firmemos cosas que no hemos leído, enhebrar (¿todavía se hace eso?) agujas que apenas vemos o incluso escribir la lista de la compra que cada día cuesta más.
Es muy curioso este tipo de problemática visual, pues en la presbicia normal, no la solidaria, a uno se le cruzan las letras, se le emborronan los colores o se le hace imposible escribir algo sin alejar la cabeza del papel; pero en la solidaria no se le cruzan a uno los dramas cercanos, sino que directamente no los ve, desaparecen. Se produce una ceguera de cercanías con difícil solución oftalmológica. Podemos ver los problemas de los palestinos, pero no la invasión de Ceuta; podemos ver con números, datos y relatos las barbaridades que comente el presidente useño, pero somos incapaces de ver la corrupción de nuestros gobiernos, bien sean centrales, regionales (me niego a denominarlos autonómicos) o locales; tenemos la capacidad de ver el hambre en el cuerno de África y somos incapaces de ver el sufrimiento de los enfermos de ELA patrios. Es curiosa esta discapacidad visual.
Cuarto y mitad
Los chavales de hoy en día, y los no tan chavales, los menores de treinta o treinta y cinco años, apenas saben ir a comprar a un comercio de alimentación donde les atienda una persona, que no sea un cajero o una cajera con antecedentes de ministra. Estas personas que atienden, sobre todo a personas mayores, como digo, suelen responder a las profesiones de carnicero, charcutero, panadero o aquel otro que desprende un fuerte olor a Omega-3 al que se conoce como pescadero o pescatero. Son oficios no sólo dignos sino esenciales. Son oficios que deberían encontrarse protegidos, como lo está el lince, el oso pardo o el olor a miga de pan recién horneado. Son oficios que, poco a poco y sin darnos cuenta o prestar la atención debida, se hallan en vías de extinción.

Se han convertido en mayoría las cadenas de supermercados donde la carne, la fruta y la chacina ya viene embuchada en unas cajitas de plástico fino y con sobrecubierta de forro para los libros de texto de primaria. Como se puede observar, envuelto al natural, como los huevos de corral con sello, la carne de pollo embadurnada de amarillo o los pases que da el maletilla al novillo bajo la atenta mirada de la luna llena.
Los muchachos (y las muchachas, ¡oiga!), desconocen las partes al despiece de la ternera, del santo e ibérico cerdo o de la dorada a la sal, o a la espalda. También desconocen el noble arte de las medidas de peso que se levantan en armas contra el rasurado del sistema métrico decimal, como pueden ser el puñado, la libra o el carpetovetónico y ya dado por perdido cuarto y mitad. ¡Un puñado de garbanzos! ¡Una libra de chocolate para acompañar el café con leche! ¡Cuarto y mitad de carne picada para hacer unas albóndigas a mi niño! Ni que decir tiene al desconocido cuartillo de vino del que ya ni los más mayores se acuerdan y ha quedado arrumbado al fondo del zurrón del olvido.

Los locales bajo los términos alimentación, colmado o el evocador, por aventurero, ultramarinos, entre muchos otros han sido ocupados por tiendas de personas de origen oriental, chino, para ajustarse más a la verdad. Personas que, por otro lado, son dignas de admiración, pues con tan solo dos palabras mal dichas en el idioma patrio y común, galaxias (gracias) y adiós, consiguen mantener sus negocios activos en los que se vende de todo y no se atiende a nada. Ese noble arte de atender ha desaparecido con eso de venir todo prefabricado, precocinado y preestablecido. Y los alimentos a granel han dejado de pasar las inspecciones de los ministerios, ni de sanidad, ni de la organización mundial de la salud económica, de la de unos pocos, de la de los de siempre. Claro.

El verbo despachar o el despacho de pan han dejado de existir en los ventrículos de nuestros corazones. De los locales que ocupaban todas estas tiendas tradicionales sí que se han preservado los carteles, los toldos, las serigrafías en los ventanales y los felpudos, que nos acercan a aquel sabor añejo pero sabroso y apetecible como el sol de primera hora de la mañana. Queda todo eso porque los nuevos usuarios no se fijan en la estética y no invierten ni una perra chica en cambiar esa esencia que ya no es la suya.
Y es que la memoria, que de esto y no de otra cosa trata este humilde escrito, es un carro de heno que a cada bache de la carretera, a cada resalto o a cada curva cerrada se vacía sin remedio. Así nos sucede, que olvidamos cómo se le pide al carnicero los arreglos para un cocido y, a la misma vez, los desmanes que se cometieron a cuenta de nuestros tributos quince o veinte días atrás. Porque atiborrarnos de actualidad nos hace olvidar lo que no interesa que se instale por unos diítas en nuestro recuerdo. Del mismo modo que a las grandes empresas alimentarias (y farmacéuticas, que yo las he visto darse besos con lengua en la intimidad que da la sombra de los parques) les conviene que nadie recuerde cuánto es cuarto y mitad, ni tampoco que nos despache los alimentos que vamos a comer, ¡te damos gracias Señor!, una señora amable que hace la cuenta de lo que se debe a boli y en papel de estraza y que nos conoce desde que somos pequeños, a los gobernantes, impregnados con el olor a estiércol de la corrupción, tampoco les interesa que recordemos, o que los jóvenes sepan, las mierdas en las que andan metidos o lo que hicieron unos años atrás los socios con los que se encaman, y no para dormir, todas las noches de esta legislatura sin presupuestos.




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