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Mes: mayo 2026

A Pulso: el mundo del toro como una alegoría de la vida.

Hoy, lunes 11 de mayo, estrenamos en el canal de YouTube de Terra Ignotael documental A Pulso, dirigido por la cineasta francesa Madeleine Idoux.

Madeleine Idoux es la directora, realizadora y guionista del proyecto A PULSO. Francesa y natural de Nîmes, no recuerda una vida sin su pasión por los toros, una afición profundamente familiar y cultural, ligada a sus raíces nimeñas.

Madeleine compagina su vida de aficionada con su trayectoria en el mundo corporativo, dos universos que, lejos de oponerse, se alimentan mutuamente cada día.

Lejos de los tópicos habituales, A Pulso busca acercarse al mundo taurino desde una mirada humana y antropológica. ¿Qué significa el toro para quien lo cría? ¿Qué ocurre en la mente de un torero antes de salir al ruedo? ¿Qué tiene que decirnos hoy la tauromaquia sobre la vida, la muerte, el sacrificio o el valor?

Estas preguntas atraviesan un documental que ha supuesto meses de trabajo e investigación para Madeleine Idoux antes de encontrarse con nosotros. A través de entrevistas y testimonios personales, la película explora cinco dimensiones que, según la directora, reflejan la esencia profunda de la tauromaquia: la ilusión, la soledad, el respeto, el sentimiento y el valor.

La intención es ahondar en cinco dimensiones que, desde mi mirada, reflejan la esencia más profunda de la tauromaquia y aquello que este mundo busca preservar: la ilusión, la soledad, el respeto, el sentimiento y el valor. Cinco pilares que convierten la tauromaquia en una auténtica alegoría de la vida, mucho más que un espectáculo”, explica Madeleine Idoux.

El documental cuenta con la participación de figuras del mundo del toro como Luis Francisco Esplá, José Ignacio Uceda Leal, Eduardo Dávila Miura, Diego Urdiales, Borja Jiménez, Carlos Olsina, Daniel Crespo, Roberto Martín “Jarocho” y Aarón Palacio. También participan ganaderos como Pepe Martínez Conradi, Daniel Aragón y Fernando Pickman; junto a voces como las de Gonzalo Bienvenida y François Zumbiehl.

La película intenta tender un puente entre el ruedo y la vida cotidiana. Los códigos de conducta del torero —la presencia constante de la muerte, la disciplina, la verdad, la soledad o la entrega— aparecen aquí no solo como elementos de una tradición cultural, sino también como herramientas para afrontar la vida civil y sus desafíos.

El pasado jueves 7 de mayo celebramos el preestreno en la sala Antonio Bienvenida de Plaza de Toros de Las Ventas, apenas un día antes del comienzo de la Feria de San Isidro. Cerca de 150 personas asistieron a la proyección privada, entre ellas periodistas, representantes institucionales, toreros, ganaderos y aficionados. Tras el pase tuvo lugar un coloquio con David Casas, Miguel Ángel Silva, Madeleine Idoux y Javier Soria.

Para nosotros, participar en este proyecto ha supuesto también una reflexión sobre el sentido cultural y humano de la tauromaquia:

La tauromaquia nos obliga a estar presentes en el ahora de un modo especial a la vez que nos trae ecos de un pasado en el que nos sentimos enraizados. Solo en los toros se reafirma tanto la vida, recordando siempre la muerte. A Pulso, más que un documental sobre toros y toreros, es una apuesta por esta dimensión antropológica de la lidia.

A Pulso es además el primer capítulo de un proyecto audiovisual más amplio que aspira a continuar con otros cinco documentales centrados en distintas emociones y dimensiones humanas vinculadas al mundo del toro.

 

Yonkilata

Rodrigo, a pesar de lo épico de su nombre, carece de toda la épica, de toda la ética y de toda la estética que deja la impronta que este deja en la persona. Rodrigo frisa los cincuenta, si no los supera ya, trabaja de mantenimiento en un instituto de secundaria y las tardes las malgasta viendo el fútbol en la tele, paseando a una perrita medio pulgosa que tiene y bebiendo para olvidar algo que nunca fue capaz de recordar.

            Desde que en el barrio proliferaron las tiendas de chinos ya no tiene necesidad de ir al bar para tomarse una cerveza. Ahora el chino que nunca va a aprender del español nada más que los precios de los productos que vende y un galaxias para las despedidas vende las latas más baratas que Antonio, el del bar y por el precio de una, se toma dos. No llevan aparejadas las latas la fuentecilla de cacahuetes o los altramuces prehistóricos, pero tampoco hace falta. Solo el alcohol. Lo bueno de los chinos es que abren temprano y cierran tarde, así que Rodrigo, en la media hora del almuerzo, va al chino de al lado del instituto donde dice que trabaja y se compra una yonkilata, que es más barata y entra más.

            Rodrigo está soltero. No tiene hijos. Con la birria de sueldo que cobra tiene para pagar el alquiler del chamizo donde malvive y, lo que le sobra, para sus vicios. Nunca quiso casarse. Ni tan siquiera tuvo novia. Menudo rollo eso de las mujeres que te controlan, no te dejan ir al bar y luego les entra esa cosa extraña de querer tener hijos. Nunca se vio empujando columpios en los parques. Eso era para otros, para esos que tienen una vida tan vacía que tienen que llenarla con mujer e hijos. Lo único que le interesa de los niños es que jueguen al fútbol y los grandes equipos nacionales tengan una buena cantera de la que tirar, y para eso no hace falta que los niños sean suyos.

            Rodrigo lleva veinte años trabajando de mantenimiento en el instituto. Lleva veinte años cobrando el mismo sueldo, euro arriba, euro abajo; pero eso le da un poco igual, con eso tiene para vivir. El alquiler de renta antigua es poco, las plataformas donde retransmiten el fútbol y las tardes tontas con la yonkilata tampoco salen caras. No necesita más de lo que cobra. No es Rodrigo de esos tipos ansiosos por cobrar más, por ascender a encargado o por ser jefes, no, para nada, él se conforma con lo que tiene. Tampoco es el trabajo de su vida, pero solo trabaja de mañanas y tiene toda la tarde libre.

            Hay un chino que le gusta especialmente. Está frente a unos bancos de esos que una vez puso el ayuntamiento y se olvidó de mantener, pero ahí se sientan los colegas  de toda la vida. El chino abre pronto y cierra tarde y siempre tiene cerveza fría. Ahí le gusta estar porque se juntan todos los «Rodrigos» del barrio, carentes todos ellos de épica, ética y estética, como no puede ser de otra manera. Todos los días se juntan los mismos, hacen lo mismo y cuando las moléculas de alcohol interfieren en su sistema nervioso, arreglan el mundo de un plumazo. A veces, cuando la conversación se desbarra por caminos impropios, aparecen los puños, pero nunca llega la sangre al río. Rodrigo se ha dado cuenta que siempre que salen a relucir los puños es porque alguno se pone gallito cuando viene alguna chica adosada a una yonkilata. Él pasa, no quiere problemas. Allí siempre hay alguien, da lo mismo la hora. Hay «Rodrigos» que llevan en paro desde que nacieron, estos son los que dan clientela al chino desde bien temprano. Hay «Rodrigos» que trabajan de mañana y van al chino por la tarde y hay «Rodrigos» que vienen tarde de la obra y con la ropa de trabajo acuden a la cita.

            El otro día, uno de los «Rodrigos» dijo que su madre era de Soria. El Rodrigo que nos atañe pensó que nunca había estado en Soria. Pensó un poco más y reparó en que nunca había salido mucho de su barrio: a la playa cuando le llevaban sus padres de pequeño, a las excursiones con el colegio y una vez que se fueron a Benidorm a la despedida de soltero de un colega del que hace tiempo que nada sabe. Tampoco es una cosa que le preocupe mucho, pero en ese momento le dio por pensar que Soria no tiene que ser feo, pero bueno, qué más le da, si allí haría lo mismo que hace en el barrio.

            Los «Rodrigos» que se juntan a la puerta de la tienda de chinos también hablan de política. Arreglan el país en dos minutos con treinta y seis segundos. Ellos harían esto y lo otro y lo de más allá, cada uno lo haría a su estilo y manera, pero lo que tienen todos claro es que mientras la cerveza sea asequible, lo demás, si quiere, se puede hundir. A veces discuten de esto o de lo otro, pero el consenso, el demoniaco consenso, siempre llega cuando dicen que votarán al partido que baje de precio la cerveza, o al menos no la suba. Han descubierto que un hombre no necesita mucho más que una buena lata, un cigarro de esos con aroma al Magreb de vez en cuando y, al menos una vez al mes, una visita al lupanar de las luces de colores. Y estas dos últimas cosas pasan a ser secundarias. Un «Rodrigo» con una lata en la mano es un hombre completo. El día que eso falte, las cosas cambiarán; mientras tanto, los miles de «Rodrigos» que se emborrachan a la puerta de las tiendas de chinos seguirán adormecidos con esa pandemia que asola los bordillos y las aceras, con sus sueldos de mierda, sus vidas de escarabajos peloteros y sus colegas de banco puesto por el ayuntamiento de turno. Y si al país, al mundo o al Universo entero hay que cerrarlo por derribo, pues se cierra y punto. ¡Qué más les da a todos estos «Rodrigos»!

iV capea popular terra ignota

¿Tienes la agenda a mano? Pues ve apuntando, porque el sábado 12 de septiembre tendrá lugar la IV Capea Popular Ignota.

Repetimos sitio y el programa se mantiene en gran medida, pero con un añadido que nos parecía imprescindible: ¡campeonato de paellas! Para ello elegiremos a 15 personas entre los que se apunten al campeonato, con un premio muy especial para el mejor arroz.

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