Birras y Divagaciones

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Mes: abril 2026

Actos de valor

 

De un tiempo a esta parte, en mis paseos de caminante (lo que los cursis adoradores de idiomas extranjeros han dado en llamar flaneur), vengo observando que el prójimo anda falto de una serie de principios básicos. Como vengo diciendo en este sitio que nadie lee, la falta de estética es un hecho demostrable. Hoy la corbata ha quedado relegada a bodas, bautizos y asuntos de oficina o, en el peor de los casos, como enseña o marca diferenciadora y distinguible de una empresa o comercio. Ni que decir tiene que la mujer, siempre más coqueta que su vecino de enfrente, se deja arrastrar por imágenes no del todo favorecedoras. Pero estas observaciones de la falta o carencia de estética ya han quedado reflejadas de más en otros escritos que mi único y, como no puede ser de otra manera, querido lector habrá leído con anterioridad y habrá llegado a la conclusión que llega quien esto escribe. Imagino.

            Por otro lado, me gusta observar las tendencias juveniles, pues no son otra cosa que el punto de mira donde se ha de asentar el futuro. De tanto fijarme, como digo, en mis paseos por la ciudad, cuando llego a casa me cubre el cobertor del espanto, por no decir del temor a un futuro que se advierte cuanto menos complejo. Las normas de urbanidad, antaño con rango de ley, han sido sustituidas por una suerte de argamasa de desconsideración. Ceder el paso en una acera estrecha se ha convertido en un acto heroico que sólo los héroes con capa son capaces de acometer. Ni que decir tiene lo de ceder asientos en el autobús a las personas ancianas, a las mujeres embarazadas o a quien sea necesitado de sentarse en ese momento, no es ya un acto heroico, es un acto merecedor de una medalla al valor comunitario, que no social. Lo de salir antes de entrar, ya si eso lo dejamos para otro artículo…porque, ¡madre mía! El ciudadano de este siglo si tiene que entrar, entra. Y no hay más. Se la trae al pairo que el que esté dentro tenga que salir para dejarle el hueco necesario, verbigracia en los ascensores.

            La urbanidad ya no se enseña en los hogares (¿qué se enseña en los hogares?). La educación se ha relegado a los colegios. El ejemplo, maestro de vida, ya no se practica. Los niños y los jóvenes, en su mayoría, no tienen conciencia de estas materias que antes se estudiaban al calor del hogar sin percatarse de ello. Uno veía a su padre o a su madre ceder el paso, sostener una puerta para que la franqueara un vecino o levantarse en el cercanías para que la joven embarazada de turno hiciera el trayecto de una manera más cómoda. Y, curiosidades de la vida, ese que veía a sus progenitores hacer estos actos, hoy catalogados de valor, en su vida los reproducía sin coste alguno. Pero ha existido un punto de inflexión que ha hecho saltar por los aires estas, antaño, normalidades que facilitaban la vida al prójimo. No sé muy bien a qué puede tratarse, pero intuyo que mucho de todo esto viene dado por ese concepto de individualidad que hace que nos creamos pequeños diosecillos con la obligación de tener el mejor asiento, de no apartarnos en la acera cuando viene una pareja de ancianos de frente y de obtener todo beneficios y nada perjuicios.

            Los diosecillos modernos aupados en el altar de la posmodernidad carecen del concepto de prójimo. Prójimo proviene de próximo, de cercano, del que va a tu lado en el endeudado tranvía. Y con el prójimo convivimos y formamos comunidad, pues el ser humano (y esto les encanta a los modernos cientifistas) somos una especie animal claramente social. Es decir, necesitamos de los otros, del prójimo, para poder desarrollarnos como especie y, ¡sorpresa!, como individuo. Por tales motivos nos agrupamos en familias, pueblos y estados, porque un tío solo en el bosque, en la selva o en la tundra tiene muy pocas posibilidades de sobrevivir. Y si sobrevive, con graves carencias afectivas que le complican el resto de su existencia.

            Nos hace falta una buena sesión de ética, de urbanidad y de educación que nos encumbre como los seres comunitarios que somos. Una ética capaz de hacer mucho más sencilla y llevadera el paso de nuestra especie por esta vida. Pero sin una educación enseñada con el ejemplo en las cocinas de nuestros pisitos, al fuego del hogar familiar, la ética no sirve de nada, la urbanidad es agua de borrajas y la estética en un anhelo desconsolado.

            Este humilde juntaletras en paro ha llegado a la determinación que para que todo lo anterior fragüe en una suerte de armazón que nos transforme la vida es necesario un tanto de épica. Sí, has leído bien, querido lector. La épica se tiene que convertir en el hormigón armado que aúne a la ética y a la estética, tan devaluadas a día de hoy. Esa épica no sólo ha de ser esa que canta las hazañas de los héroes de antaño, que también, pues de ellos se ha de aprender mucho, sino en vivir de manera épica. Hacer de pequeños gestos grandes gestas. Vivir de manera épica se me antoja esa vida que lleva por escudo los valores basados en el bien, la belleza y la verdad. Con esas tres armas pintadas en la adarga se construye una vida épica, una vida que merezca la pena ser vivida. Pues estos tres principios fundamentales de la vida se erigen en la guía de viajes de las personas que, con un sentido supremo y transcendente de su existencia, serán capaces de conseguir ser referentes de quien les siga los pasos o les vea y se encandile con su forma de mantenerse en el mundo. Y con esos referentes en nuestras vidas doy por seguro que, por imitación, lograremos vivir nosotros también con esa épica, con esa ética y con esa estética que hará de nosotros, de nuestro prójimo y, lo más importante, de nuestros herederos unas personas completas, con vidas ricas y con sentido y con la convicción de lograr ser lo que han sido llamados a ser, capaces de hacer los necesarios actos de valor de la urbanidad, el decoro y la mundología que facilitan la vida al otro. Que facilitan nuestra propia vida.

En defensa propia, bro.

De la observación de sus congéneres, este juntaletras sin apenas difusión saca una serie de ideas que se le enredan en los vericuetos de su cabeza. Son cosas naturales, absorbidas ya por el imaginario comunitario y, en cierta manera, apropiadas (de apropiación) de manera algo indebida. Pero, a la vez, son asuntos que cualquiera de esos congéneres, con un mínimo de sentido crítico, puede observar igual que quien esto escribe.

El primer detalle, el que más asalta las pupilas, es el tema de la vestimenta entre los circunstantes de cualquier ciudad de esta piel de toro (Madre Patria para los de allá). Los jóvenes, y los que aunque lo crean no lo son. visten (vestimos) de una manera estrafalaria, pero a la vez uniforme, es decir, vestimos mal, pero lo hacemos todos. Los nuevos aires de la vestimenta vienen inspirados en los bajos fondos delincuenciales de los Estados Unidos de Norteamérica (que no de América). Vestimos en España como delincuentes de poca monta de Boston, Nueva York o Baltimore. Pero no solo vestimos como estos raterillos enganchados al fentanilo, sino que (y aquí viene lo peor) hacemos de ello una seña de identidad que nos diferencie del resto de nuestros congéneres (por otro lado, vestidos igual). Nos enorgullecemos de ser igual que un drogadicto dedicado a los atracos a mano a armada, a los hurtos en licorerías y a pertenecer a bandas de gánsteres que tienen vedada la salida de su barrio (so pena de ser ajusticiado por los miembros de las bandas rivales) y nos olvidamos de la verdadera esencia de nuestra patria, de nuestro barrio y de nuestras señas de identidad. Y no niego con esto que las influencias no sean necesarias, pero hemos de ser inteligentes y en lugar de adherirnos a lo malo, cojamos lo bueno, lo que nos haga crecer. Y, por supuesto, no debemos asirnos a algo que nos perjudique y haga diluir nuestra identidad e idiosincrasia.

Como digo hemos copiado, en la mayoría de las ocasiones influidos por el cine, la música o cualquier tipo de hallazgo cultural, una serie de asuntos que no solo nos acercan a una cultura ajena del todo (enemiga en muchos casos y durante muchos años) sino que nos aleja de la nuestra, la que hemos mamado desde niños, la que han mamado nuestros ancestros. Tanto es así, que ya llevamos muchos años imitando esas interminables urbanizaciones de chalets adosados, pareados o empotrados. Todos iguales, idénticos, imposibles de diferenciar. Todos con su barbacoa para hacer las hamburguesas y el beicon los domingos. Todos alejados de cualquier núcleo poblacional donde al menos comprar el pan. Todos necesitados de uno o dos vehículos para poder llevar los niños al colegio, ir al gimnasio o poder ir a trabajar. Si a vista de dron somos capaces de verlos, podremos tener serias dudas de saber si estamos en España o en el Estado de Michigan, verbigracia. Con estas urbanizaciones no solo copiamos el american way of life sino que nos alejamos de las comunidades que se forman en los pueblos, las necesidades que se suplen con ellas y nos encamamos con el aislamiento, al soledad y el individualismo al que, al parecer, estamos avocados. Olvidamos así los beneficios de la convivencia sana, familiar, basada en lazos de irreductible amistad. Pues es bien sabido que si somos átomos dispersos incapaces de formar moléculas, somos maleables, incluso moldeables.

La música (mi amada música) es lo que durante muchos años ha sido el canal de colonización de la cultura anglosajona. Por la música se ha colado casi todo el mensaje cultural enemigo. Algunos me tildaran por estas palabras de imbécil, de inculto o de yo qué sé cuantas cosas más, pero es cierto que es el mejor canal emisor de todos. Uno puede ver una película o leer un libro una vez, o como mucho tres o cuatro veces en su vida. Una canción la puedes escuchar millones de veces. Miles de ellas en un mes. Y eso es lo que cala. Yo he escuchado mucha música anglosajona, y me ha gustado, y, de hecho, me sigue gustando, pero eso no es óbice para no saber diferenciar una cosa de la otra. La música que se nos vende nos lanza mensajes de intranscendencia, mensajes que, bajo el ritmo machacón y básico, nos hacen creer en lo que dicen, incluso cuando no lo entendemos. En la actualidad, esa música que nos viene de allende los mares y que muchos dicen que es hispana (que no latina, ¡coño!) porque se canta en español (o algo parecido), poco o nada tiene que ver con esa música que llevamos y que nos trajimos y que mezclamos allá. Esta música, como la vestimenta arriba aludida, no es más que música suburbial de Norteamérica, música que incita a la falta de decoro, a la cosificación de las personas y a la exaltación del individualismo atroz y delincuencial.

Poco tiene que ver estos tipos de música sencillos, básicos, algunas con un solo acorde de guitarra con la exuberancia de notas de cualquier canción tradicional hispana, de cualquier tipo de baile popular o de las canciones que marcan a varias generaciones de vecinos.  Poco tienen que ver con esas canciones que unían bajo la parra y sobre el poyete y narraban las historias de las que estamos hechos. Poco tienen que ver con nosotros: los de acá y los de allá. Duele mucho saber que cualquier adolescente (o padre de adolescente) ha llegado a través de la música a conocer a cualquier héroe de la cultura anglo y, sin embargo, desconocen las hazañas y amores de nuestros caballeros y damas medievales, barrocos o del siglo XIX e incluso actuales. Por poner un ejemplo. Las mutuas influencias, tan necesarias, no se pasan por la batidora (la túrmix para los anglófilos) o el tamiz nacional, cultural, comunitario propio, sino que emulamos o, mejor dicho, copiamos sin espíritu crítico y lo difundimos como si fuera propio, siendo, como es, ajeno del todo.

Otro detalle que no puede dejar pasar por alto este juntaletras sin prestigio es el del lenguaje, bro. Siempre, y necesario es, ha existido un intercambio de vocablos entre diferentes idiomas. Muchos de ellos se han españolizado, de la misma manera que ha españolizado su nombre el chino que te vende el pan, las tuercas y los cargadores de móvil en tu barrio, generando de esta manera una asunción de términos que enriquecen nuestro lenguaje. Pero de ahí, una sana y natural manera de culturización, a las expresiones que a día de hoy colman el vocabulario de los jóvenes hay más de un trecho. Mucho más. La utilización de cientos de palabras de origen extranjero (anglosajón) por los chavales no solo hace ininteligible la manera de comunicarse (cuando no lo hacen a través de pantallas y otros cachivaches electrónicos), sino que les uniforma y unifica creando clones en el vestir, en el vivir y en el hablar. Entretanto, se olvidan de su propio idioma del que sólo usa unos pocos términos y, como los niños que empiezan a hablar, muchos de ellos genéricos y muy alejados del sentido real de la palabra. El idioma tiene una importancia vital en el desarrollo de nuestra inteligencia, de nuestra personalidad y de nuestra cultura y con tanto random, lol y bro nos estamos quedando sin los pilares que nos sostienen.  Tal y como hablas piensas. Si hablas mal, con poco vocabulario y con el mismo manipulado, piensas mal, poco y, como no puede ser de otra manera, manipulado.

Todos estos detalles de descaste de nuestra identidad se han extendido de tal manera entre nosotros que nos los hemos tragado. Hasta el fondo. Nos hemos acostumbrado tanto a ellos que los hemos asumido como propios, sin percatarnos que están cercenando nuestra manera tan particular de ver la vida, de entender el mundo, de ser como somos. De este modo ha cambiado tanto nuestra vida que ya no sabemos si es nuestra, si es como la queremos vivir y si realmente somos los que creemos que somos. Así, despojados de lo que nos hace ser nos convertimos en esos guiñoles que quieren que seamos: seres uniformes en el vestir, en el vivir y, lo que más les interesa, en el pensar. Y no queda otra sino batirse. Revelarse contra todo esto que nos desdibuja como personas, como comunidad y como patria. Y no queda otra, como digo, sino batirse en defensa propia, bro.

iV capea popular terra ignota

¿Tienes la agenda a mano? Pues ve apuntando, porque el sábado 12 de septiembre tendrá lugar la IV Capea Popular Ignota.

Repetimos sitio y el programa se mantiene en gran medida, pero con un añadido que nos parecía imprescindible: ¡campeonato de paellas! Para ello elegiremos a 15 personas entre los que se apunten al campeonato, con un premio muy especial para el mejor arroz.

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