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Mes: marzo 2026

La necesaria épica hispana

Somos los españoles de un país donde las novelas de caballerías han sido el motor de más cosas de las que hoy, habitantes del siglo XXI, creéis. Gracias a las novelas de caballerías se fraguó en la Mancha la novela de las novelas. Pero con ellas no solo se fraguó la novela de las novelas (Don Quijote de la Mancha para los despistados), como digo, sino que se reflejó la verdadera y peculiar forma de ser y de estar en el mundo del ser hispano. No contentos con eso, y a pesar de que el Manco de Lepanto hizo lo posible por ridiculizarlas, sirvieron de acicate para esos locos exploradores, descubridores y conquistadores que se embarcaron rumbo a lo desconocido. Pues se ha de saber que estos valientes, hoy defenestrados, barbudos se guiaron por los valores que las novelas de caballerías destilaban entre sus páginas.

          Valor. Honor. Amor. Fe. Y, sobre todo y ante todo, sentido de transcendencia. Todo eso formaba un corpus impoluto y necesario para acometer aventuras en las cuales no se tenía claro si el retorno iba a ser posible. Se buscaba la gloria (Don Quijote) y tener la andorga llena (Sancho Panza) para disfrutar del honor conseguido. La honra, el no defraudar tu linaje, una estirpe que aunque pobre, honrada, se constituían en guía para no sucumbir ante el desánimo, ante la adversidad y el descrédito. Una guía que muchas veces se publicaba entre las líneas de esas novelas de caballerías que se leían con tesón, y muchas veces en alto para todo aquel que no tuvo la suerte de saber leer. Así se difundían y así se extendía el sentido de la vida merecida de ser vivida.

          De esto tan pequeño como las palabras de un libro surgió algo tan fuerte y tan enorme como esa Hispanidad de la que no podemos, ni debemos, escabullirnos. La gesta más grande del mundo se basó, entre otras muchas cosas, en el maravilloso engranaje de la literatura y la virtud. Pues tan necesarias se hacen en la vida del ser humano como el agua para calmar la sed y el aire para llenar nuestros pulmones ávidos de la aventura de vivir. Una literatura que doblaba la apuesta: uno, para salir en busca de la gloria a lugares desconocidos y por descubrir; dos, la manera de narrar al fuego del hogar tales aventuras ante la admiración de propios y extraños.

          El carácter hispano siempre se ha forjado desde lo pequeño a lo más grande. Desde la escaramuza de Covadonga hasta el descubrimiento del Nuevo Mundo, pasando por los setecientos años de cruzada y reconquista del reino perdido, (como diría y de hecho dice Gonzalo Rodríguez). Eso minúsculo en muchos casos fue ese sueño surgido de entre las páginas de un libro de caballerías, que hizo al aventurero lanzarse a los caminos y descubrir, qué sé yo, el Amazonas, el Océano Pacífico o las Filipinas.

      En estos tiempos tambaleantes como un albañil beodo, se hace más necesaria que nunca esa literatura, ese cine, esa serie, ficciones todas al fin y al cabo, que nos hagan volver a empezar esa gesta común que va de lo pequeño a lo grande. Una ficción capaz de devolvernos esa esencia infinita del ser español, del ser hispano. Porque la ficción cala, humedece los tuétanos.

           Somos deudores de esos hidalgos que se jugaban su ser o no ser, su estar en el mundo por la honorabilidad que se desprendía de las líneas con las que se constituían las novelas caballerescas, las comedias humanas, los romances y cantares de gesta y los autos sacramentales. Literatura que enseñaba, que mostraban que el valor, el amor por su dama y por el prójimo y el cumplir con lo que se ha venido a ser a este mundo es la esencia que nos hace ser hombres (y mujeres) de verdad. Completos. Y esa deuda que se nos ha olvidado abonar en sus correspondientes letras mensuales debemos cancelarla con más ficción que nos indique que la vida sirve para algo, que no debemos doblegarnos ante el individualismo y el resto de aberraciones posmodernas que nos ponen contra las cuerdas de nuestro futuro. Nos vemos en la obligación de lanzar un contraataque literario, artístico, cinematográfico y existencial que nos ubique de nuevo donde tenemos que estar y que volvamos a recuperar ese reino que, una vez más, hemos perdido por nuestra pereza, dejación de funciones y por permitir que la ficción y, por ende, la visión del mundo, se haya quedado en la manos de los que antaño, y aún hoy, eran y son nuestros enemigos. Los poseedores de una visión del mundo del todo contraria a nuestra esencia humana, a nuestra visión transcendental de la vida. Tenemos la obligación de salir al mundo de nuevo con el arrojo clavado en las arrugas de expresión de nuestra cara y lanzarnos a ser lo que como españoles, como hispanos, estamos llamados a ser y derrocar de la preeminencia cultural a quien nos está emasculando para un futuro baldío, incapaz de generar el fruto de la vida plena; de la vida que merece la pena ser vivida, la vida del héroe, la vida del santo, la vida del español orgulloso de serlo y que ejerce sin complejos de ello. La vida esplendorosa repleta de épica donde hasta el sol es incapaz de ponerse.

De nostalgia e imaginación va la cosa

Los dos canales de la televisión eran el lujo asiático de las familias de piso de protección oficial y seiscientos aparcado en la calle. En mi caso, o, mejor dicho, en mi casa, la tele se ponía a la hora del Telediario de la noche y alguna tarde los fines de semana. Estar absortos ante imágenes en movimiento sin ton ni son se antojaba, y se me antoja, una especie de pérdida de tiempo irrecuperable. Pero los programas de El Hombre y la Tierra, las aventuras de Curro Jiménez asaltando diligencias, derrochando masculinidad (hoy la denominarían tóxica) y dando matarile al invasor francés, y el inevitable 1,2,3 de la noche de los viernes eran citas ineludibles.

Los sábados por la tarde la televisión tenía una programación cinéfila de primera categoría. Los niños esperábamos que las malas noticias del Telediario cesaran para que diera comienzo la película de la sesión vespertina. En mi memoria han quedado grabadas películas del género de aventuras como las de mayor disfrute. Películas del oeste, de piratas mutilados por sus malas artes y de espadachines capaces de marcar con una pasmosa agilidad de muñeca una letra del abecedario en el rostro del gobernador malvado. Los niños de pantalón de pana y camisas a cuadros devorábamos aquellas historias, aquel séptimo arte que se colaba en nuestros cuartitos de estar y lo asimilábamos de tal manera que cuando en la pantalla se vislumbraban las temibles letras del The End, corríamos a buscar en el tambor de Luzil donde guardábamos los juguetes, las armas, los sombreros o cualquier objeto que nos sirviera para emular lo visto en la pantalla. Si la película era de piratas, bajábamos a la calle con un parche pintado en el ojo, que debíamos de tener guiñado para conseguir su temible efecto, una cojera de pata de palo ficticia y una espada de madera (también servía una palo lleno de nudos). Si, por el contrario, las escenas cinematográficas narraban las vicisitudes de los pioneros del oeste, nos servían las plumas de las torcaces que se caían de sus nidos, un revólver de mistos y, el que pudiera, un sombrero de cartón. Con ese atuendo, o el que nos imaginábamos, nos azotábamos en las caderas como si arreásemos en las ancas a ese caballo imaginario que nos llevaba por los bellos parajes del Gran Cañón perseguidos por vaqueros o por indios, según lo que nos tocara a suertes en el pares o nones.

Muchos niños adoptaban el personaje de la película estrenada en la tarde del sábado, otros se quedaban en el personaje que más les gustaba y por los soportales del barrio pululaban toreros, con su cuadrilla de expertos en clavar banderillas, monosabios y picadores (siempre eran estos los más gorditos, a los que no les quedaba otra que ésta y jugar de portero en los partidos de fútbol); piratas adoradores de la bandera Jolly Roger, muchos de ellos todavía guardan en su vida adulta el apodo de ese oficio; bandoleros que conocía todos los desfiladeros y rincones ocultos de Sierra Morena sin haber salido de su barrio. Éramos una patulea de niños rebosantes de una imaginación que, con el paso de los años, se iría disipando o desvaneciendo entre cascotes de obras, oficinas de ocho a cinco y diversos oficios en los que ocupar nuestra etapa adulta (en algunos casos, también adúltera o adulterada).

Pero este que escribe, querido y exclusivo (por único) lector, pasando por poco el larguero de los cincuenta, se sienta en la mecedora de su salón, echa la vista atrás y se regocija en aquella niñez que nunca más volverá. Echa atrás no solo la vista, sino que también echa la melancolía. Y a veces se revela con ahínco. Esto último suele ocurrir cuando lee libros de viajes y, de este modo, viaja a esos lugares que se narran y se ve caminando junto al escritor que anda por esos parajes de la Capadocia, de la Irlanda lluviosa o de la Grecia añorada, deseada. Y, como no puede ser de otra manera en alguien que antaño se imaginaba navegando en cascarones de nuez, cabalgando por Despeñaperros o asediando fuertes con bardas de madera acabadas en punta, se imagina visitando esos castillos escondidos tras un muro de hiedra, esos templos donde conocerse a uno mismo no es una premisa sino un axioma necesario para nuestro acontecer vital o cabalgando a lomos de una elefanta coqueta por los caminos de la India.

De toda esa literatura de viajes que exacerba la imaginación, la que más hace brotar en mí la ilusión que me queda es la contenida en esos libros de viajeros que hollaron el terreno heleno (también el italiano y el español). Viajeros del norte que se quedaron maravillados con la luz del Mediterráneo, con la iluminación de los filósofos griegos, con la amabilidad de los vecinos de las aldeas de la Ática. Viajeros que se empadronaron en sus islas para abandonar de una vez por todas la tristeza burocrática de las lluvias centroeuropeas, británicas o nórdicas, el sinsabor luterano y acogerse a esas conversaciones eternas a la necesaria sombra de cualquier árbol que los acogiese. Viajeros que, a pesar de la blancura de su piel, el rojo de sus cabellos o el azul de sus ojos, se vistieron con los atuendos mediterráneos y descendieron a la vida plena de los países donde floreció la antigüedad. Los Durrell, los Patrick Leigh Fermor o los Lord Byron de turno consiguen que mi vida dé el vuelco a la infancia tan necesario para huir de la cada vez más burocrática vida impuesta por nuestros vecinos del norte, esa suerte de vacuna contra nuestra forma de vivir, contra nuestro aceite y contra la lana castellana, y que intenta borrar todo lo que nos ha constituido como comunidad a base de crearnos una admiración errónea en esa su vida respetuosa, de máxima civilización y humillantemente individualista, y, por eso mismo, capaz de sucumbir ante cualquier proceso despótico sin rechistar. Sin decir al menos esta boca es mía. Y todo esto choca con ese espíritu mediterráneo que esos guiris de piel blanca (después tornada en roja), pelirrojos y altos supieron distinguir y transcribir en esos libros que me obsesionan y no sólo me hacen cultivar de nuevo aquella imaginación infantil casi olvidada, sino que me hacen ver que en esos sitios, como en el nuestro, se vive de una manera natural, sin interferencias, con la autenticidad del que sabe saborear lo bueno, lo bello y lo verdadero.

iV capea popular terra ignota

¿Tienes la agenda a mano? Pues ve apuntando, porque el sábado 12 de septiembre tendrá lugar la IV Capea Popular Ignota.

Repetimos sitio y el programa se mantiene en gran medida, pero con un añadido que nos parecía imprescindible: ¡campeonato de paellas! Para ello elegiremos a 15 personas entre los que se apunten al campeonato, con un premio muy especial para el mejor arroz.

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