Birras y Divagaciones

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Mes: febrero 2026

En pijama por la calle

La primera vez que lo vi, tuve que frotarme con fuerza los ojos pensando que eran visiones. Volví a mirar. Incrédulo, me froté los ojos para desvanecer la visión, en el caso que esta lo fuera. Por un instante me sentí como don Alonso Quijano antes de recobrar la cordura. Pero no. No era una visión provocada por ese sabio Frestón que, como al Ingenioso Hidalgo, me tiene cierta ojeriza. Para nada. Lo que veía era tan cierto como que dos más dos son… ummm… ¡Cuatro!

          Te pongo, perdón por el tuteo, querido y único lector, en antecedentes: mes de diciembre, a mediados; ambiente navideño; villancicos por la megafonía del Ayuntamiento de mi localidad; en el Belén de la plaza, todavía no está el niño Jesús; compras de navidad. Los niños en sus carritos menean las panderetas que sus madres les acaban de comprar en el chino. Otros, más mayores, queriendo ser Messi, juegan al balón como lo hacen en cualquier época del año. Los comercios están llenos: unos buscan ese jersey que se ha puesto de moda y que tiene estampados dos renos y muchos copos de nieve; otros, observan con detalle las características del último grito (¡qué ganas tenía de escribirlo!) en tecnología. Los padres recientes se turnan para hacer guardia en las jugueterías.

          Entre tanto ajetreo la observo. Es una chica joven, apenas pasada la veintena. Parece normal, sin ninguna tara al menos evidente. Me fijo en ella (creo que como el resto de los bípedos que por allí andábamos). Sus pies están enguantados en unas zapatillas de estar por casa, de esas feas que son muñecos de peluche de la serie de dibujos animados de moda. Mi mirada sube y se percata que el pantalón es de cuadros rosas y está confeccionado en felpa. ¡Por el amor de Dios! ¡Es un pijama! Por encima, un abrigo acolchado. El pelo, como recién levantada de la cama. De sus manos colgaban bolsas de las tiendas repletas de prendas, imagino. No contento con eso, el sabio Frestón colocó ante mis ojos a dos chavalas vestidas de igual manera aquella misma tarde.

          Esta misma mañana, en el supermercado del barrio, he podido ver a una pareja vestida como la chica descrita supra. Y no, no estaban comprando de urgencia una especia que les hacía falta para la paella. Guiaban un carro de supermercado y lo tenían lleno. La compra de la semana. ¡Otra vez el sabio Frestón haciéndome de las suyas!

          Todas las veces que me he cruzado por la calle con gente vestida en pijama, que para mi gusto han sido muchas, me he percatado que no sentían el menor pudor, ni se sentían mal ni, por supuesto, se ponían colorados. Todo lo contrario. Parecía como si caminaran más erectos, con la mirada fija en sus objetivos y con el orgullo personal clavado en el pecho. Tal vez pensándose algún tipo de ser aventajado o influencer. 

          No sé si esta moda tan vergonzante está extendida por todos los sitios de este suelo patrio en el que vivimos. Tampoco sé si es común en los barrios donde los apellidos compuestos son mayoría. Lo desconozco. Pero en la periferia (yo soy de la ultreia periférica) de la capital del Reino se extiende como una plaga de piojos en una guardería pública.

          Ya me parece vergonzante el uso de prendas deportivas para salir de cena o para una cita de Tinder (aunque he de reconocerlo, tuve mi temporada sudadera), pero lo del pijama me parece no solo un exceso, sino un ataque frontal contra la línea de flotación de la buena presencia. Me imagino la cara de  los entrevistadores de una empresa cualquiera que se tengan que enfrentar a un miura que viene a pedirles trabajo vestido con sus mejores modelos de pijama. O, pongamos, en una boda por lo civil, que los contrayentes vistan un pijama chaqué y, ella, un pijama blanco pureza. Deleznable. Pero no me extrañaría que ocurriera.

          Pero la anécdota del pijama no sería otra cosa que eso si no fuera porque es un síntoma evidente de la degradación humana que estamos viviendo. El ser humano racional, capaz de inventar y de convertir el mundo en un sitio mucho más habitable, se ha preocupado por alcanzar ese punto de belleza que nos hace diferentes al resto de especies animales. Y esa belleza, tan necesaria para el alma como el pan para el estómago, se muestra en múltiples facetas, desde el arte, la música o la literatura hasta el cuidado por nuestra apariencia física. Y esta última es nuestra tarjeta de presentación. Nuestra imagen dice de nosotros casi todo, y, por tal motivo, nos preocupamos porque sea la mejor, la más bella.

          En estos tiempos insulsos, el ser humano occidental, sobre todo el periférico, ha enaltecido la comodidad ante todas las demás premisas. El hombre (y la mujer, ¡oiga!) se ha vuelto comodón. ¿Qué hay más cómodo que un pijama/chándal? ¿Y más caro? Pocas cosas. El uso y abuso del chándal/pijama y, por ende, de la comodidad, está haciendo un daño tan profundo que no sabemos valorar a día de hoy hasta dónde puede llegar. Pues no hemos de olvidar que la comodidad y la pereza son dos hermanas siamesas. Dos pecados capitales.

          Y, aunque muchos vecinos míos no me crean, el atuendo que uno porta modela las relaciones sociales. Y el gusto. Y el refinamiento. Y la percepción de la Belleza, del Bien y, como no puede ser de otra manera, de la Verdad. Algunos me tildarán de exagerado, pero párate a pensar, querido lector, y observa que por pragmatismo comodón no valoramos otra cosa que no sirva para nuestro acomodo. Y despreciamos ese ornamento que nos alegra la vida y nos eleva el alma, pues no es práctico y, como es elevado y te hace pensar, no es cómodo (mucho más fácil es deglutir mini videos de tik tok), y como no es cómodo, pues lo desechamos y, poco a poco, el color gris se apodera de nuestra vida. Cuando todo sea gris, el color de la belleza será proscrito y todo habrá terminado.

Instrucciones para padres que quieran tener niños bobos y adultos manipulables

Lo primero y  más difícil para un padre/madre que quiera tener un niño bobo y, al final y a la postre, un adulto manipulable es encontrar a una pareja que se encuentre en la misma situación de deseo. Se puede dar el caso, de hecho es el caso que más se da, que se encuentre a otra persona que quiera tener un niño, pero por supuesto que no sea bobo; en este caso, no se preocupe, todo se andará  y, por presión social, cambiará de opinión.

            Una vez conseguida la persona, apropiada o no, eso es casi lo de menos, habrá que proceder a engendrar a la criatura. En estas instrucciones no nos vamos a explayar en asuntos de coyundas, para tales efectos hay miles de páginas web, cursos de horrísonos nombres impartidos por enchufados de todo pelaje y piojo y la propia experiencia. Lo que sí se ruega es que sea preferiblemente amistosa.

            Una vez culminada la acción coital y engendrado el vástago que ha de nacer (verbo necesario para poder dar cumplimiento a estas instrucciones), los futuros padres han de esperar la friolera de cuarenta semanas, antes nueve meses, para que la mujer (elemento insustituible para este menester) dé a luz. Ese, y no otro, es el momento esperado para iniciar los trámites y acciones necesarios para tener un niño bobo. Da igual el sexo, que no género, del recién nacido, eso a día de hoy carece de importancia. Lo importante es ir cumpliendo con todas las máximas que se irán revelando en estas instrucciones.

            Una vez en casa tras el paso por la planta de maternidad de la clínica de  referencia, el padre, la madre y el retoño regresarán a un hogar donde habrán preparado una habitación decorada con ositos de peluche, personajes de dibujos animados de moda en la decoración de las paredes y miles, millones, de juguetes con la capacidad extraordinaria de producir ruido. No se preocupe si le gusta a usted o no la ornamentación del cuarto, tiene fecha de caducidad próxima.

            Es importante, por no decir necesario del todo, que en el hogar del recién nacido exista un trono. Y no nos referimos a ese lugar donde el nuevo habitante tiene reservado para hacer sus deposiciones más sólidas, o no tanto, sino a ese lugar donde el rey o emperador toma asiento y dirige los designios de su reino o imperio. Este trono puede ser real o figurado, aunque este último es el más común y el que mejor efecto tendrá para nuestros fines. También puede hacerse con un cetro, pero con funciones meramente decorativas.

            Una vez que el retoño comience a crecer, apórtele usted (y su pareja, si todavía la tiene) todo lo que le pida. Prívese de sus cosas, no coma si es necesario, pero nunca, y digo NUNCA, deje de cumplir los deseos de su hijo/a. Esta instrucción es la más importante para conseguir su objetivo. Dele todo: lo necesario, lo no tanto y lo que no es necesario para nada en absoluto. No permita que su criatura coja una rabieta porque su madre o padre no le dan lo que se le antoja. Y mucho menos permita que esa rabieta suceda en la calle, en una tienda o en cualquier lugar donde haya alguien que pueda tildarle de mala madre, mal padre y le dé por llamar a los servicios sociales.

Una vez comience el niño en el colegio déjese arrastrar por los comentarios de los grupos de whatsapp de las madres/padres de los compañeros (amigos en la etapa denominada infantil) y comparta con esos integrantes las desventuras de unos padres hipermegaocupados y estresados a más no poder, cumpleaños de mil niños y el inevitable regalito hortera al profesor del curso. Esta instrucción, antaño inexistente, hoy se ha vuelto esencial para nuestros propósitos de vida.

            Si en el colegio su retoño suspende, culpe al profesor. Si se comporta mal, agrede a los compañeros y muestra una pésima educación con todos los circunstantes, insista en culpar a la sociedad de consumo, al capitalismo y a dirigentes de épocas pasadas de todos esos males que sufre el bueno de su heredero. Nunca piense que el niño es un maleducado. Y mucho menos piense que es por responsabilidad de usted.

            No le exija. Es muy pequeño todavía para asumir responsabilidades (esta máxima da igual que la lea ahora mismo o dentro de cuarenta años). Organice la vida familiar, en todas sus nuevas formas y contextos, siempre en torno a las apetencias de su descendiente. Suspenda ese viaje romántico a París y cámbielo por un carísimo fin de semana en Euro Disney. Deje de hacer pilates o jugar al pádel para llevar a su hijo hoy a fútbol, mañana a robótica y pasado mañana a clases de chino, que al parecer es el idioma de los triunfadores del futuro. No se frustre si abandona todas estas actividades de la misma manera que usted abandona el yoga o el crosfit.

No le obligue, y mucho menos le aliente, a leer. Los libros son un invento del diablo para que nos coman el tarro y pensemos. No nos podemos permitir el lujo de comprarlos. ¿Sabe usted el precio que tienen? Y una vez leídos ¿sabe usted el espacio que ocupan? Déjese de cuentos y cómprele todo tipo de tecnologías, cuanto más novedosas, mejor. Lo nuevo siempre será mejor. No sea carca.

            Nunca le prohíba nada. Si quiere saltar sobre la cama, que salte. Si quiere andar desnudo por la casa cuando hay visita, permítaselo. Si quiere jugar a la consola, al teléfono móvil o a cualquier dispositivo novedoso, déjele. Tampoco le lleve la contraria, recuerde que el que le puso el trono nada más nacer fue usted.

            Una vez terminada la etapa escolar, no le inste a buscar un trabajo; no sabe usted lo difícil que se ha puesto el mercado laboral. Páguele todos los caprichos juveniles. Esto no le costará, pues lo lleva usted haciendo desde el minuto en el que abandonó con él en brazos la maternidad.

            Permítale que consuma drogas, tabaco y alcohol en su casa. Mucho mejor que lo haga en casa que no por ahí, a escondidas. Si no tiene dinero para sus vicios, sufráguelos usted mismo, usted misma. El muchacho o la muchacha tienen que evadirse de algún modo de lo difícil que se le ha puesto la vida. Nada mejor que las drogas para no enterarse de nada y para tener una salud mental a prueba de terremotos.

            Si después de esto último, su hijo/a se convierte en delincuente, no se preocupe, ustedes no han hecho nada malo, es esta sociedad tan injusta que los arrastra hacia el hampa. Si roba para consumir droga, viola porque no tiene límites ni tolerancia a la frustración o llega a matar porque alguien le ha mirado mal en la discoteca, su hijo nunca será culpable. Téngalo claro.

            Si después de todas estas instrucciones, tiene usted la suerte que no se convierte en un delincuente, puede solicitar una ayuda o paga para que no madrugue ni se esfuerce ningún día de su vida. Es tan pequeño. Hágale la comida, recójale la habitación, plánchele la ropa (esto da igual leerlo ahora o dentro de cuarenta años).

            Es importante que no le haga pensar. Es cansado y aburrido. Tiene que esforzarse porque la vida le sea favorable y cómoda. Pensar o al menos intentarlo es una tarea que necesita un esfuerzo y provoca jaquecas (eso dicen), y eso no debe ser bueno para su heredero (si a estas alturas le queda algo que heredar). Además tendría que leer libros; con lo fácil que es ver la tele, informarse (¡para qué!) por las redes sociales y no llevar la contraria a quien le da una paga para no tener que pensar, trabajar o esforzarse.

            Si sigue al pie de la letra todas estas instrucciones, usted conseguirá el objetivo primigenio: tener un hijo bobo y un adulto irresponsable, caprichoso, poco útil y manipulable.

Objetivo cumplido. ¡Enhorabuena!

iV capea popular terra ignota

¿Tienes la agenda a mano? Pues ve apuntando, porque el sábado 12 de septiembre tendrá lugar la IV Capea Popular Ignota.

Repetimos sitio y el programa se mantiene en gran medida, pero con un añadido que nos parecía imprescindible: ¡campeonato de paellas! Para ello elegiremos a 15 personas entre los que se apunten al campeonato, con un premio muy especial para el mejor arroz.

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