Birras y Divagaciones

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Mes: enero 2026

Huecos libres

En busca de la mitad de la oreja perdida por Don Quijote en singular batalla contra el hidalgo vizcaíno me topé con la Iglesia de San Andrés. En ella escuché el sonido de un órgano. Unas notas musicales que se derramaban por unos tubos que apuntaban al cielo. Un sonido que acogido en el seno de las bóvedas aumentaba el sentido sagrado de la música. El sentido sagrado de la vida. Según el peculiar guía que me introdujo en las cosas más importantes que ver en el templo y se marchó, el órgano fue donado por una iglesia anglicana que había dado por finiquitada su existencia. Añadió que, en el mundo anglicano, muchas iglesias se estaban cerrando. Parece que en la Pérfida Albión, según palabras de este buen hombre, la adoración a Dios, al menos del de los cristianos, aunque sean anglicanos, está más que de capa caída.

 

            Después de la visita y de rendir honores a los restos de don Francisco de Quevedo, caminé por el pueblo dejando volar mi mente sobre la cuestión del órgano, del cierre de iglesias y de todo lo que ello puede conllevar. Me imaginé que el lugar de donde provenía el instrumento musical, por su tamaño, debería ser un edificio de grandes dimensiones. Siendo así, los parroquianos serían multitud o, cuanto menos, abundantes. Por lo tanto, el cierre de ese lugar de culto o ha dejado a muchos ingleses sin lugar donde rezar o ellos mismos han dejado de rezar. No sé por qué me daba a mí que esta segunda premisa era la correcta.

            Como seguía paseando, mi imaginación seguía volando. El edificio gigantesco que albergaba al órgano ya manchego, como el ilustre Hidalgo, en tierras extranjeras no habría sido derruido sino que le reutilizarían para cualquier otro asunto no sacro. Pensé que, como en otros lugares de la Europa cansada, y debido a la altura de sus muros sería hoy la sede de la Federación Londinense de Escalada y sus paredes estarían llenas de presas de colores de donde poder colgarse los deportistas. O si esa federación no era lo suficientemente potente, el otrora templo hoy sería un centro de exposiciones donde los petimetres observarían cuadros abstractos pintados por esos genios posmodernos que creen decir tanto sin expresar nada de nada. O la habrían convertido, gracias a sus especiales encantos acústicos, en una discoteca repleta de jóvenes pegándole fuerte a esas pastillas de múltiples colores.

            Todas las opciones me parecieron, cuanto menos, horrendas. Pero los tiempos modernos corren despavoridos en esa dirección. El ciudadano europeo se ha olvidado de dónde viene, de dónde se encuentran enclavadas sus raíces más profundas. Y lo peor de todo, se ha olvidado de hacia dónde se dirige. Vacía los pueblos, las iglesias, el mundo rural y se lanza sin adarga antigua ni protección alguna hacia una vida repleta de sensaciones pero vacía de sentido. Y el vacío del mundo rural, de las iglesias y de los pueblos entra a vivir en el corazón de los individuos. Y la proposición que bien expuso Chesterton, si dejamos de creer en Dios, empezamos a creer en cualquier cosa, se está cumpliendo y empezamos a creer sobre todo en nosotros mismos. En ese individuo endiosado que escala en las paredes de un templo, que ve cuadros que no dicen nada y que baila drogado bajo el estresante machaconeo de una música que no es música.

            Todo ello viene provocado por ese interés tan alto, que no sé si algún día se podrá pagar, que tenemos en ese enano que no quiere estar más sobre los hombros de los gigantes. Pues tan engreído es que piensa que él solo es capaz de conseguirlo todo, sin ayuda de nadie, sin saber de quienes le precedieron. Y campea por ahí como si la nada fuera el todo, le dice a su psicóloga que es muy difícil ser tan grande y se olvida por completo de hacerse las preguntas adecuadas para ver un atisbo de luz en las respuestas. Y pasa la vida entretenido con banalidades.

            El enano que anda sin abrigo y sin paraguas bajo las luces de la posmodernidad no sabe que los huecos que se dejan libres han de ser ocupados. Hay muchos ocupas que  carecen de la fuerza necesaria para quedarse de manera indefinida en el edificio, y, más pronto que tarde, son desahuciados sin remisión. El espacio vuelve a quedar vacío (como sus corazones) y una fuerza bestial, una fuerza apoyada en el espíritu, una fuerza con millones de brazos venidos de fuera empuja con violencia y esos huecos los ocupa sin rubor alguno. El vacío volverá a llenarse, pero no del mismo contenido que lo llenaba antaño, estará lleno de una ponzoña con la capacidad de parecer una cosa y ser lo opuesto. Pero es una ponzoña que interesa a quienes se mantendrán en la cúspide del poder económico, social y político.

Amistades vasectomizadas

En una sociedad como la nuestra, la sociedad de la prisa, a duras penas se tiene tiempo para algo distinto a lo que no sea el cultivo de nuestros intereses.

        Madrugamos. Hoy no hay tiempo para ir al gimnasio. Hacemos veinte flexiones en el suelo de la cocina. Entretanto, se prepara el café. Dos aguacates y unos huevos revueltos. Rompemos el ayuno intermitente. Salimos pitando hacia la estación de tren. En el asiento del vagón, una cabezadita. Trabajo de ocho horas. Llamadas de teléfono. Correos electrónicos. Relaciones laborales tóxicas. De vuelta a casa en el tren. Cabezadita de rigor. Llevar los niños a las extraescolares. Contestar dos correos que quedaron pendientes del trabajo. Recoger a los niños. Comprar la cena. Hacerla. Baños y duchas. Acostar a los retoños. No me da la vida. Ver la serie de Netflix que está en boca de todos en la oficina. Un capítulo más. Y ya van tres. Acostarse tarde. Un día de locos. Mañana más.

Son tiempos veloces. Tiempos en los que la rapidez, el estrés y la escasez de tiempo hacen difíciles las relaciones humanas. Tiempos en los que los amigos (presuntos) aquejados de este mal de nuestro tiempo solo se interesan por uno cuando necesitan algo. No tienen tiempo para más. Amigos que desconocen si estás bien o estás mal; si anímicamente te sientes destrozado y tirado por los suelos o, por el contrario, te encuentras exultante, alegre y con la risa asomando a tus labios. Amigos de interés espurio. Amigos que no se merecen tal denominación.

Esta actitud se viene generalizando  y se da en todas, o casi, las relaciones entre los seres humanos que habitamos esta parte del planeta.  Hemos construido una sociedad, de socios, de negocios, de interés variable y se nos ha olvidado por completo construir una comunidad, de comunión, de personas unidas en pos del bien de todas ellas y de unas relaciones sanas y desinteresadas. Por esto y por estos tiempos absurdos en que nos ha tocado vivir nos alegramos, a la vez que nos causa extrañeza, cuando suena nuestro teléfono y quien llama lo hace solo para saber de nosotros. Para preguntarnos cómo estamos. Para sentir nuestro aliento vital.

Una llamada insólita que todavía puede llegar a ocurrir.

Vivimos unos tiempos en los que nos galleamos de poseer cientos de miles de amigos en las redes sociales. Amigos a los que no conocemos. Amigos que ni siquiera interactúan  con nosotros con su verdadero nombre. Amigos que no nos aguantarían ni siquiera la más nimia conversación. Esta multitud de amigos que no lo son nos provocan un primer impacto, como decía, de orgullo y de sentirse no querido sino admirado. Nos provoca una ficticia sensación de prestigio. Pero una sensación real de soledad. Si nos dejamos caer sobre ese colchón corremos el riesgo de quebrarnos la columna vertebral al experimentar que el relleno no es de pluma sino de hipocresía. De la nada más absoluta. De ese vacío que nada más puede sentir el hambriento.

Son amistades vasectomizadas que por eso mismo son incapaces de generar algo bueno. Carecen de la capacidad de acompañar, de bendecir la mesa donde comemos, de arropar al alma cuando fuera hace frío. De enriquecer. De enriquecer de manera mutua. Amistades vasectomizadas pensadas para la producción y la apropiación del interés, de los tipos de interés. Del me haces falta. Amistades vasectomizadas originadas para gestar el futuro de la más absoluta soledad.

Uno, de naturaleza generosa, se entrega a la amistad con la inocencia del niño chico. Piensa que las personas que le rodean o se le acercan se levantan por el mismo lado de la cama. Y no es así. Aunque al principio lo parezca. Nada más lejos de la candidez originaria. El humano posmoderno se ha criado en la sociedad del usar y tirar, como esos pañuelos de papel de marca extranjera, y transforma en objeto a los sujetos. En ese momento, justo ahí, es cuando utiliza a sus amigos y conocidos. Los utiliza hasta que ya no sirvan para sus intereses y entonces los arroja al suelo, ni siquiera se preocupa por buscar una papelera donde depositarlos o uno de esos cubos de reciclaje que al menos permiten alguna que otra reutilización.

Las amistades vasectimizadas brotan como setas en otoño o alergias en primavera. Las hay simpáticas, de aspecto agradecido. Incluso las hay que tienen buen corazón. Pero todas están tocadas por el hálito del egoísmo. No han sido bautizadas para eliminar ese pecado original de las sociedades posmodernas. Y además son como el diablo que sabe disfrazarse con la botarga de la paz y el buen rollo para esconder bajo sus ropajes su verdadera naturaleza corrompida.

iV capea popular terra ignota

¿Tienes la agenda a mano? Pues ve apuntando, porque el sábado 12 de septiembre tendrá lugar la IV Capea Popular Ignota.

Repetimos sitio y el programa se mantiene en gran medida, pero con un añadido que nos parecía imprescindible: ¡campeonato de paellas! Para ello elegiremos a 15 personas entre los que se apunten al campeonato, con un premio muy especial para el mejor arroz.

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