La otra primera Navidad
Hay años en los que, aun viviendo el Adviento de católicas maneras, se encuentra una sin siquiera un pequeño tambor que llevar al Belén. Más allá de cualquier villancico conocido, no tiene nada que llevar. Por no llevar, no lleva siquiera una crisis de fe, porque Cristo nace, no hay duda, los Ángeles se vuelcan sobre la tierra en alabanza y adoración al Niño Dios, si cierras los ojos lo puedes ver.
Y, sin embargo, sin tragedia ni falta, caminas por la senda de la fe un poco a ciegas. Estás en esos tiempos, que como todos los tiempos también son de Dios, en que has de fiarte del más íntimo instinto, esa particular Estrella de Oriente que dirige tus pasos una noche de diciembre y se detiene sobre la Custodia de La Esperanza, ante la que se reúnen un grupo de jóvenes que han querido empezar sus vacaciones alrededor del Santísimo Sacramento, meditando sobre el Adviento y compartiendo sus personales encuentros con Dios, esos encuentros que han hecho de estas sus primeras Navidades vividas con la emoción de la espera, de la mayor profundidad del compromiso personal con Dios, de la gratitud.
Y así, entre silencios, cantos recogidos, meditaciones de Adviento y testimonios juveniles sin alharacas, Cristo mismo preside una oración a la que has llegado como Ajaz, rechazando cualquier signo extraordinario por no tentar al Altísimo, y te vuelves a casa con lo que Dios quiere: un chico de 16 que ha tenido que afrontar el duelo ante la incomparecencia de nuestra generación, una joven de 17 años que nos comparte como la única solución de supervivencia del hombre, que no es otra que el endurecimiento del corazón, Dios lo transforma en un fructífero corazón de carne y lágrimas, y como un hombre joven de 22 años nos recuerda, a modo de Isaías, quizá sin saberlo, que por más llamativo que pudiera ser su testimonio, no hay testimonio mayor que el del propio Dios que está por nacer.
Y mientras me llevan a casa, no dejo de pensar en estos jóvenes que siguen despiertos en La Esperanza, alerta, como estaban los pastores en los prados de Belén, conscientes de los peligros de la noche; pendientes de su alma y al cuidado de sus amigos, esperando la llegada del Mesías. Atentos al anuncio del Ángel, con la seguridad de que correrán adónde se les indique, porque en su corazón ya ha nacido el Salvador, ya adoran al Enmanuel que les ha amado tan personalísimamente, al tiempo que quieren cumplir cada día del calendario de preparación, para fundirse en la íntima celebración del Nacimiento.
Y llego a casa con la paz de corazón que me da saber que, a veces, aunque no tengas nada que ofrecer, tu papel es ir con paz al portal porque, precisamente este año en que no tienes nada que aportar, es el año en que Dios te envuelve en gracias y te rodea de personas de las que recibir.
Pues sabes que afrontarás la Navidad con la paz de entender, ¡al fin!, que al portal se va a recibir, que esa es nuestra Salvación, que nada podríamos dar que compensara tal misterio, y que, por poco que podamos hacer este año, el que viene, al menos, podremos llevar un poco de caldo a los pastores que velan por nosotros, vigilantes, la llegada de Dios, nuestro Señor.
Porque al portal de Belén nos acercamos todos a merced de la gracia de Dios, algo que generalmente se nos olvida. Y justo eso que habitualmente se nos olvida, es lo que, precisamente, nos facilita, cada año, el pequeño gran milagro de vivir nuestra otra primera Navidad. Continuamente.
Feliz primera Navidad a los nuevos.
Feliz Navidad. A todos.
Que Dios nos bendiga.
Estrella Fernández-Martos








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