Birras y Divagaciones

Cerrar

Birras y Divagaciones

Cerrar

Mes: diciembre 2025

La otra primera Navidad

Hay años en los que, aun viviendo el Adviento de católicas maneras, se encuentra una sin siquiera un pequeño tambor que llevar al Belén. Más allá de cualquier villancico conocido, no tiene nada que llevar. Por no llevar, no lleva siquiera una crisis de fe, porque Cristo nace, no hay duda, los Ángeles se vuelcan sobre la tierra en alabanza y adoración al Niño Dios, si cierras los ojos lo puedes ver.

Y, sin embargo, sin tragedia ni falta, caminas por la senda de la fe un poco a ciegas. Estás en esos tiempos, que como todos los tiempos también son de Dios, en que has de fiarte del más íntimo instinto, esa particular Estrella de Oriente que dirige tus pasos una noche de diciembre y se detiene sobre la Custodia de La Esperanza, ante la que se reúnen un grupo de jóvenes que han querido empezar sus vacaciones alrededor del Santísimo Sacramento, meditando sobre el Adviento y compartiendo sus personales encuentros con Dios, esos encuentros que han hecho de estas sus primeras Navidades vividas con la emoción de la espera, de la mayor profundidad del compromiso personal con Dios, de la gratitud.

Y así, entre silencios, cantos recogidos, meditaciones de Adviento y testimonios juveniles sin alharacas, Cristo mismo preside una oración a la que has llegado como Ajaz, rechazando cualquier signo extraordinario por no tentar al Altísimo, y te vuelves a casa con lo que Dios quiere: un chico de 16 que ha tenido que afrontar el duelo ante la incomparecencia de nuestra generación, una joven de 17 años que nos comparte como la única solución de supervivencia del hombre, que no es otra que el endurecimiento del corazón, Dios lo transforma en un fructífero corazón de carne y lágrimas, y como un hombre joven de 22 años nos recuerda, a modo de Isaías, quizá sin saberlo, que por más llamativo que pudiera ser su testimonio, no hay testimonio mayor que el del propio Dios que está por nacer.

Y mientras me llevan a casa, no dejo de pensar en estos jóvenes que siguen despiertos en La Esperanza, alerta, como estaban los pastores en los prados de Belén, conscientes de los peligros de la noche; pendientes de su alma y al cuidado de sus amigos, esperando la llegada del Mesías. Atentos al anuncio del Ángel, con la seguridad de que correrán adónde se les indique, porque en su corazón ya ha nacido el Salvador, ya adoran al Enmanuel que les ha amado tan personalísimamente, al tiempo que quieren cumplir cada día del calendario de preparación, para fundirse en la íntima celebración del Nacimiento.

Y llego a casa con la paz de corazón que me da saber que, a veces, aunque no tengas nada que ofrecer, tu papel es ir con paz al portal porque, precisamente este año en que no tienes nada que aportar, es el año en que Dios te envuelve en gracias y te rodea de personas de las que recibir.

Pues sabes que afrontarás la Navidad con la paz de entender, ¡al fin!, que al portal se va a recibir, que esa es nuestra Salvación, que nada podríamos dar que compensara tal misterio, y que, por poco que podamos hacer este año, el que viene, al menos, podremos llevar un poco de caldo a los pastores que velan por nosotros, vigilantes, la llegada de Dios, nuestro Señor.
Porque al portal de Belén nos acercamos todos a merced de la gracia de Dios, algo que generalmente se nos olvida. Y justo eso que habitualmente se nos olvida, es lo que, precisamente, nos facilita, cada año, el pequeño gran milagro de vivir nuestra otra primera Navidad. Continuamente.

Feliz primera Navidad a los nuevos.

Feliz Navidad. A todos.

Que Dios nos bendiga.

 

Estrella Fernández-Martos

SILENCIO

Tengo un pariente lejano. Es uno de esos parientes que por ser lejano no dejo de tener con él cercanía y con quien, como no puede ser de otra manera, tengo cierta confianza. Aunque hace un tiempo que no le veo, muchos días vienen a mi memoria esos chascarrillos a los que es tan aficionado. Chascarrillos de la tertulia en el bar, de la sala de espera del médico o del saludo que se alarga en medio de la calle, todos ellos adornados con la cenefa del humor.

Me cuentan que un día le preguntaron a mi pariente cercano en la lejanía qué iba a cenar aquella noche. Hizo una respiración profunda, miró al entrevistador con una mezcla al cincuenta por ciento de choteo y seriedad y le contestó: silencio. «Ahora llego a casa, abro la nevera y solo está llena de rejillas. Me siento en la mesa de la cocina y eso es lo que ceno. Silencio». Al parecer y siempre según me cuentan, todos los circunstantes rieron la gracia. Pero tanto mi pariente como yo sabemos a ciencia cierta que no había gracia alguna en sus palabras, a pesar de haberlas dicho con esa intención. En sus palabras se desagua una realidad que atenaza a muchas personas. Una triste realidad.

 

El silencio en las casas que han dejado de ser hogares se ha convertido en una boca más que alimentar. En un miembro más de esa familia que ya no es tal. El silencio se ha apoderado de esa atmósfera que reside entre las cuatro paredes donde habitamos. El silencio, que no es otra cosa sino soledad, se ha instalado en nuestros corazones. El silencio de la nevera vacía de mi pariente, el silencio de la televisión a todo volumen, el silencio que se desparrama por las manos que sostienen un teléfono móvil. El silencio como arma de destrucción masiva, que nos agarra de la garganta y no nos deja respirar es esa barrera que nos separa de la vecina del quinto, del carnicero de la tienda de abajo y del empleado de la empresa de la limpieza que hace su trabajo en nuestro portal. El silencio no es la ausencia de ruido, ni la afonía, ni nada que se le parezca. Es un sucedáneo de silencio esa conversación vacua en medio de la calle o de las prisas que está pensada para ocupar un espacio, pero que una vez terminada nos deja hueros, sin sustancia ni fundamento.

El silencio.

Imagen de Uboiz

Se extiende como una sombra por las ruidosas ciudades. Avanza sin remedio por las avenidas, por las callejuelas y por las plazas donde se sientan los ancianos a solazarse. Corre a la velocidad de la luz y cubre con su manto las ciudades, los pueblos, las aldeas de montaña. Se sienta con nosotros en la mesa a comer. En una época donde impera el ruido quien manda es el silencio.

En las familias, o esas moléculas formadas por átomos que giran a su libre albedrío, también se ha hecho fuerte el silencio.  El primer abanderado del silencio fue el volumen de la televisión. Después, con una furia y potencia inabarcables, fueron los dispositivos móviles. Y luego las habitaciones cerradas. La televisión, los dispositivos móviles y las habitaciones cerradas convirtieron el silencio, y por ende la soledad, en los reyes de las casas, que no hogares. Los intentos de conversaciones se acallan bajo las absurdeces de los videos de tictoc, al ritmo reguetonero de moda o con la lujuria manifiesta de la isla de las tentaciones, verbigracia. Los intentos de conversaciones se trocarán en muchos casos en el silencio que provoca el fragor de las salas de audiencia de los juzgados de familia, en el estruendo de las minutas de los abogados y en el estrépito de las órdenes de alejamiento.

Nos aislamos sin remedio y sin  atisbo de darnos cuenta de ello.       

Mi pariente cercano en la lejanía de la sangre echa de menos esas conversaciones superfluas como «¿me alcanzas el pan?», «¿cómo te ha ido en el trabajo?» o poder regañar a sus hijos por no recoger la ropa tirada en su habitación. Y, por otro lado, los miembros de las familias aquejadas de silencio en la multitud también añoran esas palabras, en principio vacías, que hagan quitarse los auriculares de las orejas a su hijo adolescente, que aprieten el botón de apagado en el mando a distancia del televisor o que termine con la batería de los teléfonos móviles. A veces, esas palabras tan nimias pueden dar con el inicio de una fórmula para arrinconar al silencio, aunque sea por un momento. O con acabar del todo con él. Y, por supuesto, puede que obren el milagro conversacional de acabar con las cenas donde el plato principal es el silencio. Como las de mi primo lejano.

 

 

Ignorantes

El más que denostado cine español de la época de Franco ha sido relegado a los baúles del desprecio. Pocos programas de los denominados casposos han vuelto en algún momento a visitar esas películas con la intención de no olvidar a aquellas divas ya nonagenarias, aquejadas del mal del olvido o directamente fallecidas, o a sus correspondientes galanes surcando por los mismos océanos que sus partenaires femeninas. Pero de eso hace mucho. El resto de la tropa, no sabe qué tipo de cine se hacía, quiénes eran las estrellas que más brillaban o qué temáticas se ponían en la palestra. Apenas saben de la época dorada del cine americano, mucho más contundente y más publicitado que el cine patrio, como para conocer a este último.

Los que se acuerdan de aquel cine español lo suelen asociar a esas comedias ligeras de guiris de carnes blancas a las que se intenta ligar el español audaz, bajito y de pelambrera morena en el pecho. O a ese entrañable Chencho que se perdió en el mercadillo navideño de la Plaza Mayor de Madrid. O los más atrevidos no olvidarán a unas monjas montadas en un «dos caballos» sin etiqueta medioambiental circulando por las calles trufadas de guardias municipales con orinales por casco de un Madrid extinto.

Poco se habla ya de esas películas de una calidad excelente, con actores y actrices de raza y con directores de sabia astucia que lograban evitar el rasurado o cercenado de la censura reinante en el momento. Hablo de la muy conocida «El verdugo», de «Surcos» o la producción internacional «El cebo». Películas inmejorables y que casi nadie conoce ni, por supuesto, valora.

En ese cine, tanto el casposo como el más elevado, había personajes de toda índole que reflejaban el paisanaje patrio de la piel de toro. Pero en este escrito quiero destacar a un personaje que servía de mofa, de representante de un mundo que se iba o se quería dejar atrás, pero que muchas veces se revelaba como la persona sensata que daba empaque al guion. Me refiero al personaje del cateto.

El cateto, cuyo máximo representante fue Paco Martínez Soria, es un personaje entrañable, un arquetipo que suele evocar la España atávica, rural,  desconocedora del término turismo de masas. Por tales motivos, se suele pintar con esa capa de ignorancia, de torpeza en la gran ciudad así como el brutal choque que sufre con la modernidad de los guateques, las faldas cada vez más cortas y la velocidad cada vez más rápida de la vida capitalina.

El cateto tenía una característica que es lo que más me llama la atención: su ignorancia. El cateto era ignorante de todo lo que acontecía en la jungla de asfalto. Era un terreno ajeno, desconocido y brutal. Un terreno que se le quedaba adherido a las alpargatas y le impedía avanzar. Pero no solo era ignorante de los aconteceres diarios sino de su desconocimiento de muchas de las cuestiones sociales y culturales que, por razón de ser, se daban en la ciudad y no en el sosiego de la aldea asturiana, del pueblo manchego o de las fachadas encaladas de Andalucía. Pero el cateto conocedor de sus propias carencias las ocultaba. No se enorgullecía de ello, más bien, y con toda la razón del mundo, se avergonzaba y, en algunos casos, se ponía manos a la obra y hacía lo posible por evitarlas.

Estos catetos fueron mis abuelos. Mis padres. Tus abuelos. Tus padres.

Abuelos y padres que se rebelaron contra su propia ignorancia y trataron por todos los medios que sus vástagos tuvieran esa formación necesaria para desarrollarse en la vida sin más obstáculos que los que ella misma pone en el camino. De esos hijos de catetos salieron los ingenieros, los arquitectos y los abogados que construyen nuestras carreteras, nuestras casas y nos defienden de los abusos de terceros y de los excesos del poder, verbigracia.

Pero también han surgido todo tipo de urbanitas que adheridos a la cultura del nulo esfuerzo se han alistado del lado de la ignorancia que avergonzaba a sus progenitores y ancestros. Pero la cosa no queda ahí. No solo se han alistado a ese ejército de ignorantes, sino que han hecho de ello bandera identitaria y se han elevado en paladines de la misma. Se enorgullecen de su incultura como el que se enorgullece de sus raíces, de su pasado o de las gestas de quienes le precedieron (carencias todas ellas en este tipo de personajes, por cierto y como no puede ser de otra manera).

Este género de cateto posmoderno y urbanita ha proliferado tanto que se ha hecho legión. Se han alzado con el poder de la chabacanería de los medios de comunicación, sobre todo de la televisión y ahora de las redes sociales, donde se les puede ver haciendo el más estrepitoso de los ridículos en el terreno cultural, social y de dignidad por un plato de lentejas y los quince minutos de fama que estipulaba Warhol. Lo peor no es ni su incultura ni su insociabilidad ni siquiera su indignidad. Lo peor es que sirven de referentes a muchos jóvenes que todavía no tienen esclarecida la materia de la que están hechos sus sueños. Ven en ellos esa referencia que se puede alcanzar el éxito, superfluo y mal entendido, pero para ellos éxito, sin tener el menor de los conocimientos sobre el mundo que les rodea, sobre lo que son y van a llegar a ser, sólo con enseñar el hilo del tanga, el pecho depilado o acostarse con cualquier espécimen que pulule por los platós, los realitys  o tenga un millón de seguidores en su cuenta de chorradas de Instagram. Buscan la fugacidad que no les puede aportar el esfuerzo, el estudio o el trabajo duro, porque duele y cuesta conseguirlo.

En un mundo posmoderno, fugaz y ajeno al sacrificio, la figura del cateto avergonzado de su incultura, pero con la suficiente humildad como para reconocerlo y, lo más importante, poner remedio y salir de ella, se ha quedado desfasada. Para olvidar. Pero no estaría mal rescatar esas manos encallecidas que levantaron un país como el nuestro, que a pesar de servir de mofa y escarnio en muchas películas y en muchas realidades se adaptaron y se encumbraron como esas personas que supieron educar, cada uno en su grado y manera, a unos descendientes que, salvo horrorosos casos, han continuado con su mejora particular y, por ende, de toda la comunidad, que no sociedad, de la que formamos parte.

Ese cateto de boina enroscada, maleta de cartón atada con una cuerda y cigarrillo liado en la comisura de los labios que vino a Madrid, a Barcelona o a Bilbao para dar una mejor vida a sus herederos universales era mi abuelo.

Era tu abuelo.

Hónrale.

 

iV capea popular terra ignota

¿Tienes la agenda a mano? Pues ve apuntando, porque el sábado 12 de septiembre tendrá lugar la IV Capea Popular Ignota.

Repetimos sitio y el programa se mantiene en gran medida, pero con un añadido que nos parecía imprescindible: ¡campeonato de paellas! Para ello elegiremos a 15 personas entre los que se apunten al campeonato, con un premio muy especial para el mejor arroz.

No nos gustan las galletas... pero nos obligan a usarlas

En TerraIgnota.es no usamos cookies propias pero si algunas de terceros. Puedes aceptar su uso o simplemente rechazarlo, es tu libre elección.

No nos gustan las galletas... pero nos obligan a usarlas

En Terra Ignota no usamos cookies propias pero si algunas de terceros. Puedes aceptar su uso o simplemente rechazarlo, es tu libre elección.