Birras y Divagaciones

Cerrar

Birras y Divagaciones

Cerrar

Mes: octubre 2025

Soldaditos de pinta y colorea

Los nacidos en el siglo pasado carecíamos del excesivo entretenimiento de las pantallas que hoy nos entontecen. Para matar, o al menos adormecer, el tedio infantil de la hora de la siesta teníamos los comics, los tebeos, las historietas. Leíamos las aventuras del Capitán Trueno, las gestas militares de los protagonistas de Hazañas Bélicas o los están locos estos romanos de las historias de Asterix y Obelix. Devorábamos con fruición todo ello y luego, en la calle, con los amigos, nos osábamos a materializar lo leído interpretando a nuestros héroes del reino de la mesilla de noche. Apurábamos cada momento regodeándonos en esa épica del viaje del héroe, en la lucha por el bien ante las fuerzas del mal y en rescatar de un ficticio secuestro a la princesa del barrio, que nos hacía ojitos cuando vencíamos a ese mago de poderes misteriosos y, en la victoria, elevábamos nuestros fuertes brazos a lo Conan el Bárbaro. Y nos casábamos de mentirijillas con la princesa de la que hoy nada sabemos o no nos mira ni a la cara.

 

          En la adolescencia, los más aplicados y menos cobardes, nos aferramos a la grupa de Rocinante, cuyo dueño de tan loco tan loco se volvió cuerdo del todo. Nos reíamos de sus aventuras, pero en nuestro interior se acrecentaba la fortaleza de su brazo, las épicas batallas contra ejércitos enteros (qué más nos daba que éstos fueran de ovejas) y la valentía para desfacer tuertos a cada paso dado. Anidaba en nuestro pecho lampiño y juvenil el águila de la vida con épica, la del héroe, la única que merece ser vivida. No era ésta, la épica, exclusiva de la juventud o infancia del último tercio del siglo XX, pues ya venía de lejos; de hecho ahí empezó a torcerse.

 

          La épica está con nosotros desde las cavernas. El hombre siempre ha estado necesitado de historias capaces de ponerle en su sitio, en antecedentes, y hacerle mirar, como no puede ser de otra manera, hacia el futuro. Necesitábamos al bardo de las historietas de Asterix y Obelix, o a uno que cumpla su función sin desafinar, para que  contara (y cantara) las hazañas de los mejores, las narraciones que nos dijeran de dónde venimos y lo grandes que hemos sido para saber ser lo que hemos sido llamados a ser.

          Los romances, las canciones épicas y los cantares de gesta no sólo nos hablan de historia, también nos contaban lo que los héroes hacían y, como si de un espejo se tratara, lo que debíamos imitar para vivir una vida plena, merecedora de ser vivida. Esta épica mítica, gloriosa y un tanto olvidada no es necesaria aplicarla sólo en tiempos convulsos y de guerra, sino también para ese día a día cotidiano en el que todos los seres humanos nos movemos. Nuestra vida necesita palabras, pensamientos y  actos heroicos. Pequeñas gestas diarias.

          De aquellos héroes antiguos, de sus batallas ganadas (y perdidas), de sus actos y de su trascendencia surgieron los blasones, estandartes y escudos, que fueron acuñándose para representar territorios, pueblos y, sobre todo, personas unidas en una comunidad. Muchos de esos escudos recurrían a la épica militar, otros representaban mediante simbología la fortaleza, la valentía y la humildad. Entre esos símbolos el hombre apegado a la naturaleza rescató las cualidades de ciertos animales: la fortaleza y fiereza del oso, la majestuosidad y belleza del Águila o la nobleza y lealtad del caballo rampante. Con esas representaciones se reflejaban las propiedades que el caballero, guerrero o señor quería transmitir a sus amigos y enemigos, así como legado a su linaje. Por los siglos de los siglos.

          Una herencia que hacía grandes a los de su estirpe. Pero también a los que formaban parte de su comunidad.

       


Ese tipo de símbolos han formado parte de nuestros ejércitos desde tiempos que se esconden tras la neblina de eras arcaicas. A gala los han lucido por todos los intersticios de este mundo. Ora en la Reconquista o restauración del reino ora allende los mares ora en el frío de Europa, etcétera. Con los escudos se reconocía la valentía de los soldados, el inmenso honor de vencer y humillar al turco y la alegría de saberse español. Símbolos de fuerza, astucia y de hacer lo que se está destinado a hacer. De defender lo que se lleva detrás: la familia, la comunidad, la forma de vida.

          De un tiempo a esta parte a los soldaditos (así se les ha dado en llamar, como si de juguetes pequeñitos se trataran) se les está restando ese tipo de cualidades que siempre han tenido. O se les supone. No se presta la menor atención a la misión tan importante y principal que tienen encomendada: la defensa de España. Se les envía a guerras lejanas que poco nos importan, edulcorando su labor denominándolas como misiones humanitarias, aunque vivan allí verdaderas acciones de guerra. Pero de cara a la opinión pública, ya emasculada y del todo servil,  se vende como si fueran a poner tiritas y a que los colectivos minoritarios y con riesgo fuerte de exclusión reciban una educación en derechos humanos, igualdad y cambio climático, verbigracia.

          A este ejército de soldaditos buenecitos, con aspecto de cooperantes de cualquier ong subvencionada hasta los corvejones, le están eliminando los símbolos de fortaleza, astucia y épica para acomodarlos a una sociedad de carnes fofas y tiernas que está avocada a la extinción por suicidio social, antropológico y cultural. Las águilas reales desaparecen de sus enseñas (con la antigüedad y abolengo que sólo los Reyes Católicos les pudieron dar); las aspas de Borgoña de los Tercios (¡el mejor ejército del mundo!) las borraron hasta del escudo del rey y la Patrulla Águila hoy la han convertido en la Formación Mirlo. Y a pesar de que el mirlo es un ave que me encanta y alegra mis mañanas, carece de toda épica como símbolo y, por supuesto, como nombre para una unidad del ejército que antes de entrar en combate ha de librar la batalla psicológica de la epopeya. Así nuestro ejército más parece una clase de parvulario con nociones básicas de pinta y colorea que una gloriosa milicia temida y respetada por donde sus pies ponga.

          Pero ninguna puntada está sin hilo. Todos estos elementos que engrandecían y llenaban de orgullo de pertenencia a los miembros de la comunidad patria, al ser suprimidos o eliminados, no hacen otra cosa que restar sentimiento de pertenencia. Pues al desconectar los símbolos que nos unen, nos desconocemos a nosotros mismos y nos desarraigamos para quedarnos a merced de que cualquier poder político, social y/o económico ocupe el lugar que antaño tenía la épica, la mítica y la comunidad, que no sociedad, de la que se es parte, y nos condene, bajo la sombrilla de la comodidad, el bienestar y la luz azul de las pantallitas, a una vida que nos es vida, sólo supervivencia. Y por lo tanto no merece ser vivida.

Gobernar sin saber: el mayor fraude democrático

Resulta casi cómico -si no fuera trágico- observar la torpeza con la que algunos intentaron colocar al hermano, convencidos de que su plan de comunicación desde Moncloa, a base de cartas, era brillante. La selección de personal que implantó Ábalos, la confusión de Cerdán entre «sin ánimo de lucro» y «sinónimo de lucro», y otros episodios similares, dibujan un panorama que, lejos de ser anecdótico, revela una profunda crisis de competencia.

Y, sin embargo, estas personas ganaron. Fueron los mejores dentro del PSOE. ¿Importa si hubo trampas en aquellas votaciones en Ferraz? Quizás no tanto. Porque, visto lo visto, sus intenciones se veían a la legua desde el primer momento en que cruzaron la puerta.

Lo más inquietante no es lo que hicieron, sino cómo lo hicieron. Con todos los recursos del Estado a su disposición, lo más sofisticado que han logrado para tapar sus tropelías es lo que estamos viendo ahora. Si estos son los más listos, los más estratégicos, los más preparados ¿cómo serán los que perdieron?

Estas son las personas que gestionan cientos de miles de millones de euros del presupuesto nacional. Las que negocian en nuestro nombre con multinacionales, organismos internacionales y líderes globales. Y nosotros, los ciudadanos, seguimos sin exigirles lo mínimo: conocimiento, experiencia, excelencia. Lo que sí exigimos a médicos, jueces, notarios o cualquier otro profesional con responsabilidad pública.

¿Cómo es posible que permitamos que alguien que no pudo ni sacarse una diplomatura esté al frente de 80.000 millones de euros? ¿Que negocie con los directivos más preparados del mundo? ¿Que diseñe estrategias creyendo que no lo íbamos a notar, convencido de que su plan era perfecto?

Este es el nivel.

O exigimos lo mismo que en cualquier otro ámbito (formación, mérito, capacidad) o da igual todo lo demás. No sirve de nada indignarse, quejarse de que nos mienten o nos roban, si seguimos votando para que 20 abogados construyan aviones, 20 agricultores los piloten, el más vago de la clase controle la red ferroviaria, y los que hacían pellas y fiestas negocien con los mejores de cada sector.

Seamos del color que seamos, o exigimos todos a todos los partidos un nivel alto, o esto no funciona. Basta ya de justificar la mediocridad con el argumento de los pueblos pequeños. No, no es aceptable que alguien sin estudios dirija un ministerio. No lo es.

Juan Pablo Núñez

Un escrito muy garcimaiqueciano

Existe un tipo de amistad que se viste con la camisita y el canesú de lo superfluo, pero que cuando se despoja de la tela, se desvela como ese tipo de amistades profundas, serenas y verdaderas con las que sólo con cruzar las miradas se sabe todo, o casi, del otro. Son esas amistades de las que no disfrutamos a diario, a la semana o siquiera una vez al mes. A veces incluso pasan años sin encuentros aunque sean fortuitos en la cola del supermercado o en la desesperada sala de espera del consultorio de referencia. Pero no son necesarios, pues a pesar de esa falta de contacto habitual, la amistad continúa fresca y lozana.

          En una amarga boda por lo civil (Joaquín Sabina dixit), coincidí con una de esas amistades añejas con al menos doce o trece trienios de antigüedad a los costales. Entre bocado y bocado, sorbo y sorbo y palabras de admiración de lo bien que todavía nos conservábamos en la salmuera del matrimonio, nos pusimos al día de nuestras cuitas, de las de nuestros herederos —parejos en edad, colegios y amistades— y la de nuestros mayores. De este modo hablamos del dolor que se aferra a los entresijos del alma por la pérdida del padre, en este caso el suyo, y nos dio, como de otra manera no podía ser, por recuperar su recuerdo.

          La boda, entretanto, se desarrollaba embadurnada por el gotelé sentimental, ñoño y almibarado en la que al parecer se desenvuelven todos estos eventos posmodernos a los que, por mera ignorancia o desarraigo, se les ha desflorado de la necesaria sacralidad del indispensable rito.

                                                                                                   Imagen de Innokurnia

          Una de las aficiones atávicas de mi querido amigo ha sido la caza. Yo, conocedor de esto, desempolvé la escopeta dialéctica y charlamos largo y tendido sobre tan denostado arte a día de hoy. Tan larga y tendida fue la conversación que el traje de boda empezaba a exudar cierto tufillo a pólvora, a montuno y a piezas cobradas gracias al buen olfato de los perros. En un momento dado, mi amigo me confesó que este año no tenía ni la menor gana de ir de caza. Me extrañó sobremanera su confesión y le pregunté el porqué. Me dijo que él había empezado a cazar de niño en la grata compañía de su padre y que ahora que no estaba, la caza había perdido sentido para él. A pesar de que llevaba varios años que el padre no le acompañaba, decía que cuando volvía de su jornada venatoria, le gustaba narrarle las posturas del perro, lo feraz que se encontraba ese año el coto o las piezas cobradas. Ahora que la pérdida del padre le había privado de esas confidencias, había perdido también el sentido que la caza siempre tuvo para él. Afición unida e indisoluble a la presencia, aunque fuera en la distancia, del padre.

          Vi en las palabras y los hechos narrados por mi amigo nobleza e hidalguía (como bien dice Enrique García-Máiquez). Una relación paterno-filial muy digna, pero bajo mi percepción, equivocada. La hidalguía se la había transmitido el padre a su primogénito como transcendencia; pero el hijo aherrojado por el dolor interno por la muerte del padre no encontraba ya sentido a su afición trascendente. De este modo, esta pérdida de sentido ha cortado de cuajo esa hidalguía transmitida de generación en generación, y por ese corte deja de ser hidalguía. Deja de ser transcendente.

          Intenté explicar a mi viejo amigo que su padre, conociéndole como le conocía, estaría desde el Cielo deseando verle atravesar la espesura del monte bajo en pos de esa perdiz, de ese huidizo conejo o de la más veloz y guerrillera liebre. Seguro que sí, le decía yo, seguro que está escuchando esta conversación y no da crédito a lo que me dices. Seguro que piensa que lo que él te enseñó deberías transmitírselo a tus descendientes para que todos esos conocimientos ancestrales no caigan en el saco roto del olvido. Y no sólo en el del olvido de las artes, las técnicas y todo lo relacionado con el monte y la caza, sino en el olvido de su persona.

          Creo que algo en sus entrañas se removió con la conversación. Aunque todavía no estoy seguro del todo. El tiempo, ese incorruptible juez, lo dirá. Pero en mi caso, me surgió la reflexión que esa ruptura con nuestro pasado, con las generaciones que nos precedieron, es un síntoma claro de los tiempos que se mueven desangelados como rabo amputado de lagartija, por inercia y hasta el pronto agotamiento. Los seres posmodernos que pueblan nuestro entorno no cejan en su empeño de romper con las maromas que nos unen de una u otra manera con nuestro pasado más lejano y con nuestros antepasados. Todo lo que no sea nuevo o moderno, les parece casposo (odio ese término) y atrasado, y, como tal, debe ser arrojado con saña al vertedero de la imbecilidad. Con tamaña locura y desvergüenza, el ser (ya desconozco si hombre o mujer) posmoderno está tirando al cubo de la basura uno, o varios, de los pilares básicos de su vida. Está deshaciéndose de la tradición, de la identidad y, por tanto, de la trascendencia.

                                                                                Imagen de Ilariaurru

          Con estos actos de cobardía (en el caso de mi viejo amigo más que cobardía, dolor mal gestionado por la pérdida de su padre), de ignorancia o modernidad, que suelen ir de la mano, se está destruyendo el tejido del futuro con las que se han de cubrir las partes pudendas de nuestros descendientes. Descendientes a los que estamos dejando un porvenir tirando a negro, desolado y carente del ancla que les aferre con fuerza a las esencias verdaderas de la vida. Un futuro que se me antoja con ingesta diaria de ansiolíticos, atenazados por la sombra de la acedía, la desesperación y el espíritu depresivo de unas personas faltas de raíces, de tronco y de hojas del árbol de la vida merecida de ser vivida.

          Por todo esto, es de vital importancia que mi amigo, cuando se abra la veda, se cuelgue al hombro la escopeta, suelte la correa de los perros y se interne en la fragosidad de las carrascas, de las retamas o de los lentiscos en pos de esas piezas que poder ofrecer a la memoria y el recuerdo de las enseñanzas de un padre que ha cumplido con creces el propósito de su vida. Ahora la antorcha está en la mano de mi viejo amigo. Espero y deseo que se la entregue a sus descendientes para que nunca se apague su llama.

iV capea popular terra ignota

¿Tienes la agenda a mano? Pues ve apuntando, porque el sábado 12 de septiembre tendrá lugar la IV Capea Popular Ignota.

Repetimos sitio y el programa se mantiene en gran medida, pero con un añadido que nos parecía imprescindible: ¡campeonato de paellas! Para ello elegiremos a 15 personas entre los que se apunten al campeonato, con un premio muy especial para el mejor arroz.

No nos gustan las galletas... pero nos obligan a usarlas

En TerraIgnota.es no usamos cookies propias pero si algunas de terceros. Puedes aceptar su uso o simplemente rechazarlo, es tu libre elección.

No nos gustan las galletas... pero nos obligan a usarlas

En Terra Ignota no usamos cookies propias pero si algunas de terceros. Puedes aceptar su uso o simplemente rechazarlo, es tu libre elección.